En la Salamanca de 2004, un jesuita profesor de Historia del Arte amplía por descuido la radiografía de un cuadro de Goya y descubre cientos de diminutas punzadas que ningún especialista ha registrado jamás.
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En la Salamanca de 2004, un jesuita profesor de Historia del Arte amplía por descuido la radiografía de un cuadro de Goya y descubre cientos de diminutas punzadas que ningún especialista ha registrado jamás. El hallazgo lo lleva de un monasterio aislado en los Picos de Europa hasta Roma, siguiendo el rastro de un secreto que atraviesa el Museo del Prado, la evacuación de quince mil obras durante la Guerra Civil y la formación de dos jóvenes restauradores vaticanos.
Ángelus entrelaza tres tiempos en torno a un mismo eje: la transmisión —y la custodia— del arte español.
El primero es un verano de finales del siglo XIX, cuando un maestro de pintura lleva a su hijo adolescente a recorrer las salas del Prado. Frente a Las Meninas, el muchacho reconoce en el rostro de la infanta a la hermana que acaba de perder, y de ese instante de vértigo nace tanto una promesa profesional como una compañía íntima que lo acompañará el resto de su vida.
El segundo arranca en abril de 2004. El padre Bruno Almeida, jesuita recién doctorado, encuentra por azar en una biblioteca unas marcas circulares imperceptibles distribuidas por todo el trazado de un lienzo goyesco. La técnica que sugieren contradice lo que la historiografía da por sabido, y la ausencia total de referencias bibliográficas resulta más inquietante que el hallazgo mismo. Cuando decide compartirlo con su director de tesis, la revelación no lo convierte en una celebridad académica: lo aparta del mundo. Meses de reclusión disciplinada en un monasterio franciscano de Liébana, entre reliquias milenarias y una calma que le resulta ajena, terminan con la llegada de un billete de avión de ida y una elección sin término medio: volver a su antigua vida de profesor con todas las puertas cerradas, o seguir el hilo hasta Roma.
El tercero se sitúa en el invierno de 1939, en el sur de Francia, donde se constituye el comité internacional que debe poner a salvo el tesoro artístico español. Entre burócratas bienintencionados y museos de media Europa, dos restauradores vaticanos de apenas veinte años —uno impecable y devoto, el otro brillante y descuidado, rivales sin decirlo— asisten como observadores extraoficiales a una operación que la Santa Sede necesita presenciar sin figurar en el acta. Miles de obras llevan dos años recorriendo la Península en camiones y trenes lentos, huyendo de los bombardeos, y su destino se decide en una sala de paredes rojas mientras la guerra amenaza con extenderse al continente.
La novela avanza haciendo que cada plano ilumine a los otros: el aprendizaje del artista ante los maestros, la conservación material de la obra y la investigación que descubre, bajo la superficie de la pintura, algo que alguien decidió no contar. Documentación histórica, intriga eclesiástica y una reflexión sobre el vínculo entre quien crea y quien comprende sostienen un relato que trata el patrimonio no como decorado, sino como el auténtico protagonista en disputa.