Un arquitecto de vida ejemplar entra una noche en el piso donde le espera su amante y encuentra el cuerpo destrozado sobre la cama. En lugar de llamar a la policía, borra sus huellas, se lava y busca ayuda por teléfono.
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Un arquitecto de vida ejemplar entra una noche en el piso donde le espera su amante y encuentra el cuerpo destrozado sobre la cama. En lugar de llamar a la policía, borra sus huellas, se lava y busca ayuda por teléfono. A partir de ese gesto, la novela retrocede cinco meses y despliega un coro de voces —un juzgado de guardia, una brigada de homicidios, un dentista sarcástico, una mujer que cobra por acompañar— para reconstruir cómo se llega a un cadáver así. Novela negra galardonada con el XIX Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe 2015.
Todo empieza con una imagen que ya no se va: un cuerpo desnudo y roto sobre un colchón empapado, en una habitación preparada de antemano con velas, neón y música de Bach. Bosco, arquitecto de prestigio, padre de cinco hijos, hombre de misa diaria y escapulario al cuello, había anunciado su visita y dictado hasta el último detalle del encuentro. Lo que encuentra es a Ava muerta. Su reacción no es la de un inocente ni exactamente la de un culpable: reza, vomita, se ducha, mete la ropa manchada en una bolsa, tira esa bolsa a un contenedor justo antes de que pase el camión de la basura y llama a un amigo que sabe qué hacer con los problemas que no se pueden contar.
Desde ahí el relato salta cinco meses atrás y cambia de voz una y otra vez. La estructura es coral y deliberadamente desigual: una jueza de instrucción cuya jornada de guardia empieza con un levantamiento de cadáver y termina con una comida aplazada; un inspector veterano, brusco y eficaz, que trata a los periodistas como a una inversión a largo plazo y a su compañera como a un blanco fácil; un dentista que narra el mundo a través de las bocas que le pagan las facturas y no oculta el desprecio con que las mira; una mujer que anota a sus clientes con la misma frialdad contable con que otros llevan un inventario. Cada voz aporta una pieza y, sobre todo, un punto de vista sobre lo mismo: lo que la gente hace cuando cree que nadie está mirando.
En paralelo avanza otra muerte. Un jefe de obras que vivía solo de lunes a viernes en un ático alquilado por la promotora aparece acuchillado en su dormitorio, con la cena de dos todavía en la basura y un cuchillo en el contenedor de la esquina. La investigación tira del hilo previsible —los chats, el móvil, un número repetido con nombre de mujer— y va dibujando el mismo territorio que habita Bosco: matrimonios sostenidos por la costumbre, encuentros pactados por internet, dobles vidas administradas con una disciplina casi profesional. Las dos tramas se miran de reojo mucho antes de tocarse.
El libro no busca el crimen elegante. Su material es el cuerpo en su versión más física: la sangre, el olor, la carne que envejece, el sexo comprado y el sexo prometido a cambio de silencio. Y su verdadero objeto de estudio es la hipocresía, mirada sin sermón: la fe que absuelve por adelantado, el prestigio profesional que funciona como coartada moral, la respetabilidad que se sostiene sobre lo que se tira a un contenedor a tiempo. La prosa es densa y sensorial cuando entra en las escenas, y seca y procedimental cuando entra en el juzgado, y ese contraste es parte del efecto.
Queda, al fondo, la pregunta que sostiene toda buena novela negra: no solo quién mató, sino cuánta gente decente tuvo que mirar hacia otro lado para que fuera posible. El jurado que le concedió el XIX Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe 2015, presidido por Lorenzo Silva, premió justamente esa incomodidad.