Crónicas de guerra escritas desde el terreno sobre el desastre militar español en el Rif durante el verano de 1921, reunidas y publicadas sin los cortes de la censura, con un prólogo familiar que las rescata décadas después desde el exilio.
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Crónicas de guerra escritas desde el terreno sobre el desastre militar español en el Rif durante el verano de 1921, reunidas y publicadas sin los cortes de la censura, con un prólogo familiar que las rescata décadas después desde el exilio.
Este volumen reúne el trabajo de un corresponsal de guerra que cubrió para la prensa madrileña los acontecimientos que llevaron al colapso de la comandancia de Melilla en julio de 1921. Su singularidad está en el modo de restitución: los despachos que en su día llegaron mutilados por el lápiz rojo del censor aparecen aquí íntegros, de manera que el lector accede por fin a la versión que la opinión pública española no pudo leer cuando los hechos ocurrían.
El prólogo plantea la tesis que vertebra el conjunto. El autor sostiene que la catástrofe sorprendió a un país adormecido no por fatalidad ni por carácter, sino por una política deliberada de sedación informativa: gobiernos que confundían la disciplina social con mantener al público apartado de la gravedad real de los sucesos. Para demostrarlo confronta dos clases de texto. De un lado, sus propias advertencias previas —un artículo de noviembre de 1920 que denunciaba la falta de artillería moderna, aviación y tanques en el ejército de África, y una profecía ajena que ya usaba la palabra «derrumbamiento»—. Del otro, los partes oficiales sobre Abarrán e Igueriben, reproducidos literalmente para que se vea dónde cae el golpe de escoplo que le lima a la noticia todas sus aristas alarmantes.
La primera parte abandona el análisis y baja al terreno. A través del testimonio directo de un artillero destinado en el campamento de Annual, recogido de viva voz y de sus propias notas, el libro reconstruye la sucesión de avisos desatendidos: la agresión de junio en El Arbolillo, la pérdida de Abarrán a las pocas horas de haber sido ocupado, y sobre todo el asedio de Igueriben, donde trescientos hombres resistieron sin agua mientras tres convoyes sucesivos fracasaban en atravesar la trinchera enemiga. Las páginas dedicadas a esos días acumulan escenas de una crudeza sostenida —el heliógrafo transmitiendo la sed, la mora que rechaza mil pesetas por un cántaro, la carga inútil de los escuadrones bajo una cortina de plomo, la retirada convertida en cacería— sin recurrir en ningún momento al énfasis patriótico.
El retrato de los mandos es igualmente desprovisto de piedad y de caricatura: un general de audacia impulsiva pero incapaz de serenidad en el momento difícil, oficiales que mueren de pie sobre los sacos terreros, un adversario al que se reconoce disciplina táctica y capacidad de maniobra. La segunda parte extiende el juicio del episodio militar al sistema político que lo hizo posible, diagnosticando los estertores de la Restauración.
Cierra el conjunto un texto de otra naturaleza: la nota de un hijo que, tras décadas de exilio americano, consigue por fin leer el libro que su padre recordaba con nostalgia y no había vuelto a tener entre las manos. Ese gesto convierte la reedición en algo más que una recuperación documental —es también un diálogo tardío entre generaciones separadas por una guerra y una dictadura.