Obra híbrida que se presenta como novela pero se propone como reconstrucción histórica: el autor, tras más de veinte años de investigación y del aprendizaje del griego, el latín y el hebreo antiguos, sostiene que el cristianismo fue una…
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Obra híbrida que se presenta como novela pero se propone como reconstrucción histórica: el autor, tras más de veinte años de investigación y del aprendizaje del griego, el latín y el hebreo antiguos, sostiene que el cristianismo fue una invención deliberada del siglo IV, concebida por el rétor Lactancio y respaldada por el emperador Constantino. El relato dramatiza ese proceso desde dentro, con personajes históricos documentados y un puñado de figuras ficticias, y ofrece al lector tres niveles de lectura: la narración principal, unos anexos probatorios y una extensión en línea.
El prólogo advierte al lector que lo que tiene entre manos no funciona como una novela al uso: la ficción cede el paso a una tesis histórica que el autor dice haber alcanzado tras más de dos décadas de trabajo solitario. Para sostenerla aprendió a leer griego antiguo, latín y hebreo, con el fin de no depender de traducciones, y aplicó a los textos del Nuevo Testamento un principio simple: no hay dos personas que escriban igual, de modo que el propio texto debería delatar cuántas manos lo redactaron y cuáles.
De ese análisis nace la afirmación que vertebra el libro: que el cristianismo no surgió de una comunidad ni de una predicación, sino de la iniciativa de un solo hombre que convenció a alguien con poder suficiente para imponerla; que los protagonistas de sus relatos fundacionales nunca existieron; y que todo arrancó en el año 303. Es una posición que se aparta abiertamente del consenso académico e historiográfico, y el autor lo asume: el libro está escrito como demostración, no como conjetura.
La narración se abre en el año 325, en una Nicea empapada por la lluvia, con una conversación a puerta cerrada entre dos hombres llamados Eusebio —el historiador y bibliotecario de Cesarea y su amigo de Tiro, camino del destierro por negarse a firmar la condena de Arrio—. El anfitrión confiesa el secreto que ha guardado durante casi veinte años: haber sido reclutado por Constantino para redactar, junto a Lactancio, los textos sagrados de una religión nueva. Y confiesa también su forma de resistencia: sabotear el encargo desde dentro, dejando en los textos marcas y estructuras que algún día permitieran separar la redacción primera de todo lo interpolado después.
Desde ahí el relato retrocede al año 302, cuando Lucio Celio Lactancio Firmiano —rétor huraño y acomodado de Leptis Magna— embarca hacia Nicomedia convencido de que su idea puede salvar el Imperio, y a la soledad de un Diocleciano envejecido que repasa las muertes violentas de los emperadores que le precedieron y las reformas con que trató de detener esa espiral. La galería de figuras es la de la Tetrarquía y sus herederos: Maximiano, Galerio, Constancio Cloro, Majencio, Licinio, Elena, Crispo, Fausta, junto a Osio, Eutropio y los dos Eusebios.
Buena parte del interés del libro está en su costado técnico: cómo se escribía en la Antigüedad, por qué la interpolación era práctica corriente y qué defensas estructurales idearon los autores para protegerse de ella. El texto principal explica el proceso sin detenerse a probarlo; los anexos aportan pasajes en griego con su traducción previa, para no romper el hilo narrativo, y unos enlaces en línea extienden el argumento sin límite de extensión. Se completa con un pequeño diccionario de los términos latinos empleados y con mapas del Imperio en la época del relato. Cada lector elige, así, hasta dónde quiere descender.
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