Un accidente en un laboratorio virológico japonés, encubierto por el caos de un terremoto y una fuga nuclear, libera un patógeno que convierte a los infectados en depredadores.
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Un accidente en un laboratorio virológico japonés, encubierto por el caos de un terremoto y una fuga nuclear, libera un patógeno que convierte a los infectados en depredadores. «Anonymous Z» sigue el avance de la epidemia a través del diario de un hombre corriente de Almería y de escenas breves rodadas en otras ciudades del mundo, hasta que la catástrofe lejana llama a su propia puerta.
El 2 de mayo de 2015, en un búnker de Tsuruga cedido por el gobierno japonés a una compañía farmacéutica, un virólogo prepara la enésima demostración rutinaria de un patógeno experimental ante espectadores que nunca se han identificado. Un temblor rompe el protocolo, el cristal y la probeta. Cuando el suelo deja de moverse, el hombre que trabajaba en aquella sala ya no es exactamente un hombre, y la explosión de la central nuclear cercana ofrece a todo el mundo una explicación cómoda para lo que empieza a ocurrir.
A partir de ahí, la novela cede la voz a un narrador sin heroísmo: un tendero de veintiocho años que lleva el negocio familiar con su hermano, discute con su padre por llegar tarde, saca a pasear a una perra desastrosa y se entera del fin del mundo como se entera cualquiera, por la televisión, la radio y los vídeos que le llegan por mensajería. Sus entradas fechadas componen el esqueleto del libro: al principio son quejas domésticas con una noticia extranjera de fondo; después, las noticias empiezan a ocupar más espacio que la vida.
Entre esas anotaciones se intercalan escenas contadas desde fuera, en otras ciudades y otros idiomas. Un avión que se estrella cerca de Nueva York y las imágenes que alguien graba después entre los restos. Un mapa ruso salpicado de rojo y una decisión militar cuyo resultado solo se ve como una columna de fuego en el horizonte de Moscú. Una pareja de policías de patrulla nocturna en París que se detiene a auxiliar a una mujer embarazada. Ninguna de estas piezas explica el conjunto; juntas dibujan un contagio que va más rápido que los comunicados oficiales.
La tensión del libro no está solo en los infectados, sino en el vacío informativo que los rodea: gobiernos que aseguran estar tomando medidas, vídeos que desaparecen de la red horas después de subirse, un virus que ya llevaba semanas previsto en algún despacho. Cuando el narrador viaja a Madrid en camión para ayudar a un primo policía a mudarse, la mudanza se convierte en el trayecto de vuelta a casa con el país empezando a romperse: una autopista colapsada, un peaje tomado, una mujer al otro lado del teléfono a la que hay que convencer de que no vaya a trabajar.
Escrita en un registro directo, casi de bitácora, y con una violencia física descrita sin eufemismos, «Anonymous Z» pertenece a la tradición del apocalipsis vírico contado desde abajo. Su apuesta es la escala doméstica: el interés no está en salvar el planeta, sino en llegar hasta la persona que uno quiere antes de que las carreteras dejen de servir. Es una primera fase, la del descubrimiento incrédulo, narrada por alguien que hasta hace unas semanas solo se preocupaba por quién abría la tienda el jueves.