En el Chicago de finales del siglo XIX, Jane Ward tiene catorce años y empieza a descubrir que el mundo adulto que la rodea está hecho de aprobaciones y desaprobaciones que nadie le explica del todo.
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En el Chicago de finales del siglo XIX, Jane Ward tiene catorce años y empieza a descubrir que el mundo adulto que la rodea está hecho de aprobaciones y desaprobaciones que nadie le explica del todo. Su amistad con André, un chico francés al que su familia mira con recelo, y el préstamo de un libro en pasta amarilla bastan para que las reglas invisibles de su casa se vuelvan de pronto visibles, y para que Jane deba elegir entre la lealtad y la obediencia.
La novela abre en una mesa de desayuno: un reloj negro coronado por un ave de bronce, un padre oculto tras el Chicago Tribune, una madre impecable que vigila los modales y una hermana mayor que aún duerme porque ya es «una damita». Desde ese interior burgués, minuciosamente amueblado, la narración adopta la mirada de Jane Ward, catorce años y coletas, lo bastante joven para que se la corrija por cualquier cosa y lo bastante despierta para percibir todo lo que en su casa no se dice en voz alta.
El primer conflicto es apenas un rodeo doméstico: Jane quiere desayunar deprisa para escapar de Flora y Muriel, las amigas que su madre aprueba, y encontrarse a solas con André cerca de la Torre del Agua. En esa maniobra mínima se despliega todo un mapa social. Agnes, la hija de un periodista y de una secretaria, es inaceptable; Flora, con su casa de tejado abuhardillado y su jardín de invierno, es intachable pese a una madre que sale de fiesta con un caballero que no es su marido; Muriel es admisible aunque su apellido fuera antes otro y su abuelo no ocultara su origen. Jane ha aprendido esas jerarquías sin que nadie se las enseñe: son, para ella, obstáculos tangibles que hay que reconocer, aceptar o eludir según convenga.
Frente a ese orden se levanta la casa de los Duroy, un piso pequeño y atestado de libros mal alineados, con un té diario servido en loza, un bizcocho que no se deja cortar y una conversación que, escandalosamente, no trata de personas conocidas sino de política europea y de ideas. Allí Jane descubre que los libros pueden ser compañías futuras y no objetos encuadernados en piel, y que André —boina azul, peonza, teatro de marionetas, dibujos de escenografías vistas en París— vive con una libertad que sus compañeras de colegio traducen como afeminamiento. La complicidad entre ambos avanza con una delicadeza casi imperceptible: un brazo tomado al cruzar la calle, una invitación a la fiesta de Todos los Santos, la promesa de copiar unos retratos de Sarah Bernhardt.
El equilibrio se rompe cuando la madre de Jane encuentra sobre su escritorio un ejemplar francés de La Dame aux camélias. Nadie en la casa lo ha leído —ni haría falta, se le explica—, pero el veredicto es inmediato y de una firmeza que no admite argumento: el libro es impropio, los franceses tienen otros criterios sobre el bien y el mal, y la actriz que representa esa obra es «una mujer inmoral». La escena que sigue, entre la mesa del comedor y el dormitorio donde Jane llora boca abajo, funciona como su primera lección de moral adulta: la prohibición no se razona, se administra; y la salida honorable que le ofrece su hermana consiste, sencillamente, en mentir.
Lo que la obra pone en juego, con una prosa contenida y atenta al detalle material —los vestidos de Miss McKelvey frente a los encargados en Nueva York, el teléfono recién instalado, los faroles de Pine Street—, es el momento exacto en que una niña empieza a intuir el precio de pertenecer. La canción que su padre canturrea por la mañana, «la vida es un juego que acaba de empezar», vuelve al final del día sin significado alguno para Jane: la canta, simplemente, mientras espera que le abran la puerta. El lector ya sabe que no es del todo cierta.