Lujan carga con el desmoronamiento de un primer amor que la dejó al borde de la muerte, y su recuperación —bicicletas al amanecer, la carrera de Medicina, una fotografía convertida en ceniza— se tambalea el día en que su ex reaparece del…
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Lujan carga con el desmoronamiento de un primer amor que la dejó al borde de la muerte, y su recuperación —bicicletas al amanecer, la carrera de Medicina, una fotografía convertida en ceniza— se tambalea el día en que su ex reaparece del brazo de una amiga de la infancia y un asalto a mano armada la pone, otra vez, en manos de un desconocido.
Antes de despertar arranca dentro de una pesadilla recurrente: una caída interminable por una ladera, la sangre en la boca, y arriba una figura serena que observa sin intervenir. Cuando Lujan despierta, la metáfora ya está dicha: el cuerpo sobrevivió, pero algo en ella se quedó en el fondo de esa cuesta.
La novela sigue a esta joven de raíces italianas y norteamericanas mientras intenta reconstruirse a fuerza de rutina. La sostienen dos anclas. Su madre, enfermera en un hospital de niños con cáncer terminal, que renunció a su vocación de chef para criarla sola y cuyo ejemplo la empuja a estudiar Medicina. Y Mario, el amigo de toda la vida, casi hermano, que la levanta de madrugada para pedalear por un parque vacío y le arranca la promesa de intentar ser feliz antes de partir de improviso a Inglaterra por la enfermedad de su padre. Con él se va el único interlocutor de sus llamadas nocturnas, y la ausencia deja a Lujan a solas con lo que no ha terminado de nombrar.
Porque hay un hueco en su memoria. Un flashback la devuelve a una cama de hospital en Canadá, con droga en la sangre, sin recordar cómo llegó allí después de una fiesta, atendida por un tío al que nunca sintió como familia. Lo último que guarda es el beso de Andrew antes de que se fuera a por una bebida. La pregunta —quién la sacó de allí, y de qué— queda flotando sobre todo lo demás.
El relato avanza entre la vida universitaria y sus afectos cotidianos: las amigas que la rodean con humor y curiosidad, y la confidencia de una de ellas, apenas mayor de edad, que cree estar embarazada y ya sueña con abandonar la carrera para casarse. Lujan la acompaña sin poder decirle lo que piensa, reconociendo en su entusiasmo el mismo deslumbramiento que la arruinó a ella.
El giro llega en un supermercado. Un reencuentro casual con Gisella, amiga de la secundaria, termina con una presentación imposible: su novio es Andrew. Él finge no conocerla, la aparta con violencia contenida, y Lujan se derrumba entre las góndolas del pasillo siete. Minutos después entran hombres armados con pasamontañas, y el asalto convierte el dolor íntimo en pánico compartido. Escondida, la encuentra un desconocido de ojos negrísimos que le tapa la boca, la besa para silenciarla cuando los pasos se acercan y luego sale del escondite a enfrentarse a los asaltantes. Se llama Michael Lee, viaja con dos amigos, insiste en pagarle los encargos de su madre y en llevarla a casa, y desaparece sin dejar un número —pero no sin dejar huella.
A partir de ahí, la novela sostiene dos tensiones a la vez: la de un pasado que ha vuelto a instalarse en el presente con otra cara y otro nombre al lado, y la de una atracción nueva que llega justo cuando Lujan había decidido, ceniza mediante, dejar de mirar atrás. El título anuncia el territorio: todo lo que ocurre antes de despertar, y el precio de hacerlo.
Escrita en primera persona y en presente emocional, con capítulos breves y saltos al pasado, es una historia sobre duelo amoroso, amistad y reconstrucción, donde la violencia —la doméstica del recuerdo y la súbita del atraco— funciona como el empujón que obliga a la protagonista a decidir si sigue rodando o se levanta.
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