Tessa tiene dieciséis años, una enfermedad que no va a perdonarla y una lista de diez cosas que quiere hacer antes de que se le acabe el tiempo. La primera es acostarse con alguien.
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Tessa tiene dieciséis años, una enfermedad que no va a perdonarla y una lista de diez cosas que quiere hacer antes de que se le acabe el tiempo. La primera es acostarse con alguien. Con la ayuda de su amiga Zoey, empieza a tacharlas una a una, y descubre que vivir deprisa duele casi tanto como no vivir.
Desde la cama de su habitación, Tessa Scott escucha la casa entera: el chisporroteo de las salchichas del sábado, la cremallera de la chaqueta de su hermano Cal, el silencio incómodo de un padre que no sabe cómo ayudarla. Lleva semanas sin bajar y sin dejar que le hagan el recuento de leucocitos. Una tarde, con un bolígrafo y sin papel, escribe en la pared, encima de la almohada, el primer deseo de una lista que llevaba tiempo apuntando en trozos sueltos: quiere sentir el peso de un chico sobre ella.
Zoey, su mejor amiga, entra sin llamar, lee la pared y acepta el trato: obligarla a cumplir la lista aunque Tessa suplique lo contrario. Esa misma noche se intercambian los vestidos, mienten a medias en la puerta de casa y acaban en una discoteca donde el ruido, el humo y los cuerpos apretados prometen exactamente lo que Tessa buscaba. Pero entre lo que ha leído en las revistas y lo que ocurre de verdad en la cocina y en el cuarto de un desconocido hay una distancia que nadie le había explicado, y el primer punto tachado la deja más pequeña de lo que esperaba.
La novela avanza en escenas cortas, narradas en primera persona y en presente, con una voz que mezcla el humor seco de una adolescente con la contabilidad implacable de quien cuenta los días que faltan para Pascua o para Navidad sabiendo que quizá no llegue. Alrededor de Tessa se dibujan un padre agotado que fríe salchichas y calla, un hermano pequeño enamorado de los trucos de magia, una madre que se fue cuando ella tenía doce años y volvió cuando llegó el diagnóstico, y una amiga que confunde la lealtad con empujarla al vacío. Entre unos y otros, Tessa inventaria lo que va a echar de menos —el hielo, los peces, la leche, la nieve, los cisnes— y sostiene, con una obstinación luminosa, que no piensa morirse hasta tachar los diez puntos.
Una historia de iniciación escrita a contrarreloj, sin sentimentalismo ni consuelo fácil, sobre el deseo, la vergüenza, la rabia y la extraña libertad de quien ya no cree en las consecuencias.
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