Kat, una joven colombiana instalada en Helena (Montana), reparte su vida entre las peleas clandestinas que la mantienen a flote y el cuidado de Olivia, su mejor amiga, a quien acaban de diagnosticar un tumor cerebral.
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Kat, una joven colombiana instalada en Helena (Montana), reparte su vida entre las peleas clandestinas que la mantienen a flote y el cuidado de Olivia, su mejor amiga, a quien acaban de diagnosticar un tumor cerebral. Entre pesadillas recurrentes, llamadas telefónicas a una madre que nunca responde y un encuentro imprevisto con un desconocido de mirada verde en un pasillo de supermercado, la protagonista descubre que huir de sí misma es la única pelea que todavía no sabe ganar.
Una sala de espera de hospital, el reloj en las 2:22 de la tarde y un escáner que parece un túnel de ciencia ficción: así empieza el relato de Kat, veintitrés años, colombiana, campeona de un circuito de peleas clandestinas en Helena, Montana. El diagnóstico llega una semana después de su última victoria, y es un astrocitoma difuso de grado II en el cerebro de Olivia, la amiga que la trajo a Estados Unidos y que, junto a su novio Ian, formó con ella un trío familiar improvisado donde los papeles de hermana, hija y protegida se reparten sin contrato.
La novela avanza en primera persona, con la voz de una narradora que observa el mundo desde detrás de unos auriculares enormes y unas gafas de marco grueso, y que convierte cada escena cotidiana —una charla coqueta entre una enfermera y un médico, la búsqueda obsesiva de un paquete de papas fritas sabor crema y cebolla— en materia de comentario irónico. Esa distancia protectora es también su síntoma: Kat pelea, dice, para castigarse por haber subido a un avión; llama desde una cabina a una madre que escucha y no habla; y sueña, noche tras noche desde hace dos años, con un puente amarillo interminable al final del cual la espera algo que no logra nombrar.
El equilibrio se rompe en dos frentes. Por un lado, la enfermedad de Olivia entra en su fase larga —cefaleas insoportables, radioterapia, la promesa de un padre neurocirujano que se hará cargo de todo— y obliga a Kat a mirar de frente una despedida para la que nadie está preparado, por muy fuerte que se vea. Por otro, un desconocido impecablemente vestido, de ojos verdes y modales entre corteses y desdeñosos, se cruza tres veces en su camino en el mismo supermercado, le roba el mismo yogur y el mismo paquete de papas, y la desarma con una sola frase hiriente. La escena tiene testigos: Tobías y su grupo, los mismos que la hostigan desde que entró al circuito de peleas y que se apartan, inexplicablemente, cuando ese hombre se acerca.
Alrededor de esos ejes se despliega un pequeño mundo con textura propia: el restaurante Sole’s, que Carmen —la madre de Olivia— acaba de remodelar y donde Olivia canta y Kat trabaja de barman; los ensayos con la banda de Ian; los desayunos con discusiones sobre qué hace guapa a una mujer; el gimnasio del Coach Stone, ex entrenador de MMA que patrocina los combates femeninos. Y una casa de grandes ventanales, descubierta al amanecer durante una carrera de huida, donde Kat termina escondida entre los arbustos espiando la llegada de una pareja y un idioma que no reconoce.
Contada con banda sonora explícita —Led Zeppelin, Muse, Foreigner, Avicii— y un humor que amortigua sin anular la tristeza, es una historia sobre el desarraigo, la amistad que sustituye a la familia y el momento en que alguien acostumbrada a recibir golpes descubre que hay heridas que no se entrenan. La búsqueda de lo que no se ha perdido, como la bautizó Olivia, apenas está empezando.