En la víspera de un cambio de siglo, una adolescente observa desde los márgenes de su propia familia el ritual de una fiesta de Año Nuevo que revela silencios, jerarquías y ausencias que nadie nombra en voz alta.
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En la víspera de un cambio de siglo, una adolescente observa desde los márgenes de su propia familia el ritual de una fiesta de Año Nuevo que revela silencios, jerarquías y ausencias que nadie nombra en voz alta.
Viña del Mar, 31 de diciembre de 1999. Mientras el país entero se prepara para recibir un nuevo milenio entre suspicacias apocalípticas y brindis, Elena, de quince años, permanece recluida en su habitación con un libro de ensayos, tratando de posponer el momento en que deberá bajar a la celebración familiar. Desde ahí escucha, como viene haciendo toda su vida, las discusiones de sus padres antes de cada festividad: un collar perdido, un cuñado incómodo, una tensión conyugal que se resuelve siempre con el mismo gesto de reconciliación tibia. La novela construye, a través de la mirada atenta y algo distante de su narradora, el retrato de una familia acomodada donde el afecto se administra con la misma frialdad que la vajilla de la cena. La nana Cecilia es la única presencia genuinamente cálida en la vida de Elena, aunque su cariño convive con la sumisión que le impone su lugar en la casa. Los hermanos mayores de la protagonista, Juan Cristóbal e Isabel, están ausentes de la velada por motivos que el relato deja entrever sin explicitar del todo, y su falta pesa sobre cada conversación como una herida que la familia prefiere no tocar. A medida que llegan primos, tíos y una nutrida parentela marcada por el dinero, la apariencia y el estatus, Elena se enfrenta a comentarios sobre su cuerpo, su forma de vestir y su carácter huraño, comparada sin descanso con unas primas mellizas que encarnan todo lo que se espera de una joven de su clase y que ella no logra ni quiere representar. Bajo la superficie de la reunión, marcada por rituales de opulencia y buenas maneras, la narración va tejiendo una crítica sostenida a los roles asignados a las mujeres de distintas generaciones dentro de esta misma familia: la madre atrapada en el papel de anfitriona perfecta, la empleada doméstica reducida a un engranaje invisible, las primas moldeadas para el matrimonio conveniente, y la propia Elena, que observa todo esto con la lucidez de quien todavía no ha decidido si quiere pertenecer a ese mundo. Escrita con una prosa introspectiva que alterna la evocación literaria con el registro oral de los diálogos familiares, la obra utiliza el paso de un año a otro como metáfora de un umbral: el de una adolescente que empieza a mirar con otros ojos las convenciones que la rodean, justo cuando el resto de su entorno insiste en que nada, en el fondo, debería cambiar.
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