Pablo fue un entrenador respetado en la élite del baloncesto español. Hoy vive retirado en un pueblo cualquiera, con una rutina hecha de cervezas, apuestas pequeñas y recuerdos que no terminan de encajar.
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Pablo fue un entrenador respetado en la élite del baloncesto español. Hoy vive retirado en un pueblo cualquiera, con una rutina hecha de cervezas, apuestas pequeñas y recuerdos que no terminan de encajar. Cuando su viejo delegado, Pepe, le convence para dirigir al modesto equipo del club de al lado, la broma se complica: las caras de los entrenadores rivales le resultan demasiado familiares. Narrada en primera persona y en presente, esta novela mezcla comedia áspera, nostalgia deportiva y una intriga que crece jornada a jornada.
Hubo un tiempo en que Pablo dirigía a los mejores, ganaba títulos y aparecía en las fotos que los políticos querían firmar. De todo aquello quedan un físico maltrecho, una cuenta corriente holgada y una memoria con agujeros: recuerda los trofeos y las broncas, pero no el final. No sabe cómo se marchó del baloncesto profesional ni cuál fue su último partido. Ahora su vida transcurre en un pueblo de los que crecieron a la sombra de una ciudad grande, en un circuito corto y previsible que va de casa al bar, del bar a la panadería y del bingo de vuelta al sofá.
El único vínculo firme con su vida anterior es Pepe, el delegado que le acompañó durante años en el banquillo y que ahora comparte con él barra, pizzas y silencios. Es Pepe quien, entre tercio y tercio y con un chuletón como argumento definitivo, le propone hacerse cargo del primer equipo del club local: una plantilla escasa, sin entrenador y con más entusiasmo que talento, perdida en una categoría a medio camino entre la autonómica y la municipal. Pablo acepta casi por inercia, convencido de que el listón está tan bajo que cualquier cosa parecerá una mejora.
Lo que encuentra en el polideportivo municipal no le decepciona: un grupo heterogéneo de aficionados que confunden ambición con motricidad, un dirigente locuaz cuya biografía cambia según el día y un pabellón con más equipos de los que un pueblo así debería sostener. Esa anomalía es la primera grieta. La segunda son los entrenadores rivales, hombres de cierta edad y oficio evidente cuyos nombres y gestos despiertan en Pablo una familiaridad que no consigue explicarse. A partir de ahí, la crónica costumbrista empieza a deslizarse hacia otra cosa, y el lector avanza al mismo ritmo que el narrador: sin más información que la suya, sospechando lo mismo que él.
El relato avanza en presente y en primera persona, con una voz descreída, malhablada y capaz de pasar del chiste escatológico a la confesión sin subir el tono. Los saltos al pasado van completando lo que la memoria del protagonista dejó fuera —un matrimonio roto, un hijo distante que estudia en Estados Unidos, una salida del deporte profesional que nadie termina de contar—, mientras las referencias al baloncesto, de la NBA a las ligas de barrio, funcionan como lengua común más que como decorado.
El libro se completa con una nota del autor que subraya su condición de ficción y deslinda al personaje de la persona real que inspiró el alias, y con un prólogo firmado por Pablo Laso. Veinticinco capítulos para una historia sobre la vejez deportiva, la utilidad de sentirse útil y la incómoda posibilidad de que la competición en la que juegas no sea exactamente la que crees.
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