Summer Stoltz llega a la universidad enamorada de su hermanastro y descubre, en cuestión de horas, que él nunca fue quien ella creía. Entre fiestas de fraternidad, lealtades familiares y un chico de brazos tatuados llamado Caden Banks,…
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Summer Stoltz llega a la universidad enamorada de su hermanastro y descubre, en cuestión de horas, que él nunca fue quien ella creía. Entre fiestas de fraternidad, lealtades familiares y un chico de brazos tatuados llamado Caden Banks, esta novela narra el desmoronamiento de una ilusión adolescente y el inicio de algo mucho menos cómodo y mucho más real.
Hay amores que se sostienen menos por lo que ocurre y más por lo que uno decide interpretar: una sonrisa al recoger los platos, un guiño, un par de abrazos que en su momento parecieron algo. Sobre ese andamiaje frágil Summer Stoltz construyó dos años de sentimientos por Kevin Matthews, el hijo de la mujer con quien su padre se casó apenas enterrada su madre. Kevin era el chico que todos conocían —capitán de todo, con novias que rotaban cada seis meses— y ella era, según su propia contabilidad, apenas promedio: buenas notas, dos amigas leales, tardes en la librería y ninguna intención de escalar la cadena alimenticia del instituto.
La novela arranca en el punto exacto donde esa arquitectura se viene abajo. En el sótano de una casa de fraternidad, Summer ve a Kevin besando a otra chica y se descubre incapaz de apartar la mirada, describiéndose a sí misma como la idiota que se queda quieta viendo venir las luces del tren. Lo que sigue no es un desengaño limpio, sino uno con complicaciones: la chica del sótano tiene novio, ese novio está afuera exigiendo entrar, y el hermano mayor que lo contiene resulta ser el mismo desconocido de brazos tatuados que minutos antes le dijo que se calmara, le preguntó si algo andaba mal con ella y la catalogó, sin mucha delicadeza, como un blanco fácil.
Caden Banks es el reverso exacto del hermanastro. Donde Kevin es suavidad calculada y encanto reversible, Caden es autoridad callada, mandíbula tensa y una mirada que Summer no consigue sostener sin que algo se le mueva por dentro. Es él quien nombra en voz alta lo que ella todavía no se atreve a admitir. Y es frente a él que Summer comete su primer acto verdaderamente costoso: mentir para cubrir a Kevin, por lealtad a una familia que apenas está aprendiendo a ser familia, y quedarse después con el sabor exacto de esa mentira cuando escucha a su hermanastro contarle a otra por teléfono que Summer no dirá nada, que lo quiere, que es buena así.
Alrededor de ese triángulo, la obra despliega algo menos obvio y más interesante: el retrato de una familia recompuesta donde todo es demasiado educado. Sheila abraza hasta la asfixia y quiere de verdad; el padre de Summer la llama calabaza con genuino calor; pero entre Kevin y su padrastro hay una rigidez que Summer, con la máscara caída, empieza a ver por primera vez, junto al tema del que nadie habla nunca: el padre biológico de Kevin. Los primeros capítulos alternan entre el presente universitario y la reconstrucción del año que vivieron bajo el mismo techo, y en esa relectura Summer descubre que lo que tomó por señales fue casi siempre cortesía.
Contada en primera persona, con una voz autoconsciente que se burla de sí misma mientras se hace daño —se llama ingenua, socialmente torpe y un poco acosadora antes de que nadie más pueda hacerlo—, la novela pertenece al romance new adult universitario: fraternidades, mudanzas a residencias, primeras noches en soledad, lealtades divididas entre hermanos de sangre y hermanos de juramento. Su apuesta es la pregunta que la propia protagonista formula: vine buscando al hermanastro, ¿y si termino enamorándome del anti-hermanastro?
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