Ada despierta un sábado cualquiera para una ruta de senderismo con su pareja y su grupo de amigos, y regresa con una grieta abierta en la cabeza: imágenes de lugares que jamás ha pisado, una desconocida rubia que la mira con una…
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Ada despierta un sábado cualquiera para una ruta de senderismo con su pareja y su grupo de amigos, y regresa con una grieta abierta en la cabeza: imágenes de lugares que jamás ha pisado, una desconocida rubia que la mira con una familiaridad imposible y una palabra que alguien pronuncia cuando nadie ha hablado. A partir de un instante frente a una cascada, la vida ordinaria de Ada empieza a superponerse con otra que parece igual de real.
Ada tiene veinticuatro años, una relación cómoda y feliz con Mario, una mejor amiga que la empuja a dar pasos que ella todavía no se atreve a dar, y una vida urbana sin sobresaltos. Lo único fuera de lugar en ella son sus sueños: montañas escaladas, senderos recorridos, inmersiones en el mar, paisajes de una belleza precisa que su memoria conserva como si los hubiera vivido, pese a que nunca ha salido de lo conocido.
Una excursión de fin de semana a la sierra con nueve amigos cambia el equilibrio. Frente a una cascada, mientras la luz cae sobre el rostro de Darío —un amigo de toda la vida, presente desde los ocho años pero nunca cercano—, Ada siente un tirón que no sabe nombrar y escucha una voz que no pertenece a nadie de los que están allí. Desde ese momento, las imágenes ajenas dejan de esperar al sueño: un atardecer sobre el mar asomando por su ventana a las siete de la mañana, una avioneta surcando el cielo, un monólogo cómico visto sin sonido, un gato dormido junto a una taza humeante, un plato cuyo nombre conoce sin haberlo probado nunca. Y, sobre todo, una joven rubia de ojos azules que la mira con dulzura desde una playa nocturna y le pregunta si está bien.
Ada descubre que no es solo espectadora: si cierra los ojos y se concentra, puede volver a esas escenas, aferrarse a ellas, acercarse a esa chica. También descubre que allí hay otra voz que responde por ella, y alguien que percibe su presencia como un murmullo imposible. El miedo a estar perdiendo la cabeza convive con la certeza de que esos recuerdos no vividos tienen una coherencia propia.
El secreto la obliga a elegir a quién contárselo. No a Mario, a quien no quiere asustar; no a Valeria, su confidente de siempre; sino a Darío, precisamente porque todo empezó con él. Lo que se abre entre ambos es una conversación que nunca habían tenido en dieciséis años de amistad, y con ella una investigación íntima sobre qué son esas visiones, por qué se activan ahora y qué relación guardan con la mujer que aparece una y otra vez en el borde de su conciencia.
Escrita con una prosa cotidiana y luminosa, la novela construye su inquietud desde lo reconocible —los bocadillos a media ruta, las bromas del grupo, los besos de la pareja recién estrenada, la compañera de piso furiosa con su jefe— para que la fisura resulte aún más perturbadora. El resultado es un relato sobre la identidad y el deseo que se pregunta qué ocurre cuando la vida que uno recuerda no coincide con la que ha vivido, y si es posible amar a alguien a quien solo has visto al cerrar los ojos.