Prólogo y antología en el que Darío Jaramillo Agudelo sostiene que la crónica es hoy la prosa narrativa más viva de América Latina. Recorre su linaje —de los conquistadores a los cuadros de costumbres, del modernismo a Monsiváis,…
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Prólogo y antología en el que Darío Jaramillo Agudelo sostiene que la crónica es hoy la prosa narrativa más viva de América Latina. Recorre su linaje —de los conquistadores a los cuadros de costumbres, del modernismo a Monsiváis, Poniatowska y García Márquez— y describe el ecosistema de revistas, premios y libros que sostiene a los cronistas actuales. Entre definiciones, testimonios y polémicas sobre objetividad, propone una lectura del género como arte hecho sin inventar nada.
El libro abre con una advertencia que es también una apuesta: quien busque hoy relatos que asombren, entretengan y hablen de mundos extraños situados frente a sus narices hará bien en acudir a la crónica latinoamericana. Frente a los intentos fallidos de fabricar un segundo boom mediante clones, listas y parodias, el autor observa que el nuevo auge llegó por otra vía, precisamente porque no se parece en nada al fenómeno de hace cincuenta años: cambió el lector, cambió el arquetipo de escritura y cambiaron las técnicas.
La primera mitad traza una historia larga. De las crónicas de los conquistadores a los cuadros de costumbres decimonónicos; del breve esplendor modernista a los decenios en que la noticia escueta y la prisa informativa relegaron el género a una existencia larvada; del renacimiento en libros y entregas por capítulos a los clásicos modernos y a los dioses locales de cada país. A ese linaje se suman los padrinos de otra lengua —el nuevo periodismo norteamericano, Hersey, cronistas europeos— y el territorio donde el género encontró casa: una red de revistas repartidas por el continente, cuyos índices dibujan el santoral de los autores más destacados.
La segunda mitad es un debate de definiciones que el autor asume como juego deliberado. Desfilan la fórmula de Monsiváis sobre el predominio formal frente a la urgencia informativa, el ornitorrinco de la prosa que toma prestado de novela, reportaje, cuento, entrevista, teatro, ensayo y autobiografía, el cuento que es verdad, el género con un pie en la ficción y otro en la notaría. De ahí pasa a las características prácticas: las técnicas heredadas de la novela realista, las reglas quebrantables del periodismo literario y las cuatro fuerzas esenciales —inmersión, voz, exactitud, simbolismo—, ilustradas con testimonios sobre meses de reporteo, jornadas interminables, redacciones vividas como doctorados en el tedio y la defensa de la primera persona como forma de responsabilidad. El recorrido se cierra con la dimensión moral y política del oficio, la desconfianza hacia el lugar común y la moraleja, y un intermedio fechado que interrumpe la teoría con la espera de un acontecimiento en curso.
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