Recopilación de gazapos reales de prensa, radio y televisión española reunidos durante dos décadas por Eduardo Ruiz de Velasco, comentados con humor breve y ordenados por materias.
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Recopilación de gazapos reales de prensa, radio y televisión española reunidos durante dos décadas por Eduardo Ruiz de Velasco, comentados con humor breve y ordenados por materias. El bloque inicial se centra en los anuncios: ofertas de empleo, esquelas comerciales, avisos municipales y reclamos publicitarios donde una letra fuera de sitio convierte lo cotidiano en disparate.
Hay una zona del periódico que nadie lee con lupa —los anuncios por palabras, los avisos oficiales, la publicidad a dos columnas— y es precisamente allí donde el idioma se descuida y produce sus mejores hallazgos involuntarios. Este libro reúne el resultado de esa vigilancia: veinte años de recortes conservados por Eduardo Ruiz de Velasco, rescatados de las hemerotecas y expuestos con sus comentarios al margen.
El autor establece pronto las reglas del juego. Casi nunca da el nombre del periódico, ni la fecha, ni el firmante: no busca señalar culpables ni levantar un “patíbulo tipográfico”, sino que la errata circule sola, ligera, sin apellido. A cambio, afirma que todos los casos son auténticos y que conserva los originales. Y para dejar clara la universalidad del asunto, empieza cazando dos gazapos dentro del propio Diccionario de la Real Academia, donde “aseveración” pierde una letra y “cortejar” se transforma en “cotejar”. Nadie está a salvo, ni siquiera quien fija la norma.
Lo que sigue es un desfile de erratas que oscilan entre lo tierno y lo delirante. Se buscan auxiliares de clínica para cuidar “persianas mayores”; se venden coches “en perfecto estado de conversación”; una convocatoria de policía exige “talla mínima de 1700 metros”; un ayuntamiento anuncia la “ratización” del término municipal en lugar de su desratización; unas obras municipales prevén “la construcción de 126 nichos” que la imprenta convierte en niños. Aparecen cifras imposibles —sueldos de seis mil pesetas anuales, coches de cien millones, pisos cuya entrada supera el precio total—, límites de edad que niegan lo que acaban de conceder, y ese fenómeno recurrente del “plurisexo”: ofertas que reclaman “persona ambos sexos” sin reparar en la exigencia biológica que plantean.
El comentario del autor es siempre breve, una o dos líneas que rematan el hallazgo sin explicarlo de más, y con frecuencia se ríe del propio oficio: él mismo tiene carnet de periodista y es hijo de periodista, y sabe que el gazapo acecha a cualquiera que escriba contra reloj o lea en directo. Junto a las erratas aparecen piezas que no lo son pero merecen figurar: la cafetería de Zarauz que ofrece regalar el resto del juego de sillones a quienes “encontraron” dos de su terraza, o la papelería madrileña que, tras ser embestida por un autobús, amanece con un cartel de “Continúa la venta a pesar del abordaje”.
El prólogo propone leerlo con una sospecha incómoda: que uno podría estar dentro, y si no lo está es solo porque no es tan importante como se cree. De ahí que el libro funcione a dos velocidades. Divierte de inmediato, con la risa fácil de la letra cambiada; y deja después un poso más sobrio sobre la fragilidad de todo lo que pasa por manos humanas, incluida la propia. Un catálogo del error ajeno que acaba siendo, sin proponérselo demasiado, un pequeño alegato a favor de la tolerancia.
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