Un relato en primera persona construido como evocación: de vuelta en España, la narradora —a quien un hombre llama 'Kar-men'— deja que el 'Ave María' de Schubert la devuelva a sus meses en Nápoles, junto a un capitán enigmático apodado 'el…
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Un relato en primera persona construido como evocación: de vuelta en España, la narradora —a quien un hombre llama 'Kar-men'— deja que el 'Ave María' de Schubert la devuelva a sus meses en Nápoles, junto a un capitán enigmático apodado 'el adorado de los contrabandistas' y a su amiga Juanita. Entre paseos por el Golfo, anécdotas domésticas y silencios cargados, la memoria va destapando, bajo la elegancia y el humor, una historia de lealtad, venganza y violencia contenida.
La voz narradora regresa a España tras una estancia en Italia y, al escuchar por casualidad el ‘Ave María’ de Schubert, se deja arrastrar por el recuerdo hacia Nápoles: los paseos junto al mar, el mirador del Lungomare, el Parque de la Remembranza y la isla de Nísida. Allí conoció a un hombre al que llama ‘D. Antonio’, capitán de porte aristocrático y pasado fascista, apodado entre sus antiguos compañeros ‘el adorado de los contrabandistas’. A su alrededor se mueve un pequeño círculo: Juanita, amiga judía que teme y admira a Antonio a partes iguales; Lucio y Máximo, pretendientes de Juanita; y un cortejo silencioso de subordinados que nunca se atreven a tomar la iniciativa ante él.
El relato avanza por asociación de imágenes más que por trama lineal: un anuncio de jabón que recuerda el rostro de Juanita, un pañuelo anudado al cuello contra el frío, una lima de uñas regalada como contraseña de afecto. Bajo ese tono íntimo y a menudo irónico, la narradora va revelando el reverso oscuro de Antonio: durante la guerra, su hermano mayor quedó ciego tras una emboscada de los partisanos que vengaban la caída de Mussolini; años después, Antonio localizó y mató a los dos responsables, un acto de justicia privada por el que fue investigado, internado brevemente y finalmente absuelto por ‘legítima defensa’, aunque inhabilitado para portar armas.
Entre esa violencia y la ternura cotidiana —la caridad anónima hacia una viuda del barrio, los gestos protectores hacia la narradora, el orgullo casi infantil de Antonio ante su propia apostura— el texto construye el retrato de un hombre que encarna a la vez el honor antiguo, la fidelidad post mortem a una causa perdida y una fragilidad nerviosa que algunos llaman locura. La memoria musical, el paisaje napolitano y la observación irónica de las costumbres italianas de posguerra sirven de hilo conductor a esta crónica personal, escrita como quien reconstruye, fragmento a fragmento, la fisonomía moral de alguien que ya no está presente pero cuya huella sigue viva en quien lo recuerda.