Una lectura comentada del último libro de la Biblia que devuelve al término «apocalipsis» su sentido original: no catástrofe, sino revelación. Rodolfo Puigdollers acompaña el texto paso a paso, explicando su contexto, su lenguaje cifrado y…
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Una lectura comentada del último libro de la Biblia que devuelve al término «apocalipsis» su sentido original: no catástrofe, sino revelación. Rodolfo Puigdollers acompaña el texto paso a paso, explicando su contexto, su lenguaje cifrado y su arquitectura de septenarios, para mostrar que bajo las imágenes desconcertantes late un canto de esperanza dirigido a comunidades en dificultad.
Pocos libros han sido tan citados y tan mal entendidos como el Apocalipsis. La palabra misma ha acabado significando lo contrario de lo que dice: en el uso corriente evoca desastre, cine bélico, escenas dantescas. Pero apokalypsis, recuerda el autor, se forma con el verbo griego que significa «cubrir con un velo», precedido de una preposición que lo invierte: des-velar, re-velar. Como el revelado de un antiguo carrete fotográfico, que hace visible una imagen que hasta entonces permanecía oculta.
Desde esa clave, Rodolfo Puigdollers propone un recorrido pausado por el texto completo. El punto de partida es histórico: hacia el final del reinado de Domiciano, en las ciudades de la provincia romana de Asia, el culto al emperador dejó de ser una cortesía provincial para convertirse en prueba de lealtad. Las comunidades que confesaban a Jesús como Señor no podían prestarse a ese gesto, y la tensión creció. De ese ambiente nace el escrito, en el seno de las comunidades juánicas de raíz palestina, que adoptan un estilo ya practicado por la literatura judía en tiempos de persecución: un lenguaje en clave, denso en imágenes, colores y figuras tomadas del Antiguo Testamento, capaz de burlar la censura y de ser entendido solo por los suyos. De ahí también la ficción literaria que lo sitúa en época de Nerón y lo pone en boca de Juan.
El comentario sigue la arquitectura del libro, que el autor describe como cinco septenarios —cartas, sellos, trompetas, copas y visiones— enmarcados por un proemio y un colofón de siete puntos, dispuestos de forma concéntrica en torno al núcleo de las trompetas. El siete, símbolo de plenitud, organiza la lectura igual que un gran mural organiza la mirada: conviene captar primero el conjunto. Las páginas comentadas avanzan del proemio a la visión inaugural del Hijo del hombre entre los candelabros, y de ahí a las cartas dirigidas a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira y las demás Iglesias, cada una con su elogio, su reproche y su promesa al vencedor. Ahí aparecen los conflictos concretos de aquellas comunidades: los banquetes con carne sacrificada a los ídolos y las respuestas distintas que dieron los grupos de estilo paulino y los de estilo juánico, la pobreza y la cárcel, la fidelidad sostenida en una ciudad dominada por el altar de Zeus, el riesgo de diluirse en el ambiente hasta perder la fe.
El autor apoya su lectura en el testimonio del arte —el Pantocrátor de Taüll, los ábsides de Pedret, los beatos de Liébana, el Políptico del Cordero místico de los Van Eyck, las Inmaculadas de Murillo— para plantear una pregunta sencilla: ¿pondría una comunidad cristiana imágenes de terror en el lugar más visible de su asamblea? La respuesta recorre todo el volumen. Utilizando la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española e integrando el texto bíblico dentro de las explicaciones, el libro permite una lectura seguida y sin especulaciones, atenta a la fe, la esperanza y el amor esforzado que laten en cada página, y a la figura que lo sostiene todo: el que es, el que era y ha de venir, alfa y omega, principio y fin.
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