Lucas Martínez López tiene cincuenta años, trabaja en el departamento de contabilidad de una administración pública y ha aprendido a ocupar el mundo sin hacer ruido.
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Lucas Martínez López tiene cincuenta años, trabaja en el departamento de contabilidad de una administración pública y ha aprendido a ocupar el mundo sin hacer ruido. Desde esa rutina de metro, oficina y visitas a la residencia donde vive su madre, va desplegando el inventario de su vida: la infancia en una casa donde la decencia era una fachada, los primeros deslumbramientos, las ausencias que no cicatrizan y una compañera de oficina a la que observa cada día sin atreverse a hablarle. Apóstol es la novela de un hombre que recuerda para averiguar si todavía le queda algo por vivir.
Hay hombres que atraviesan su propia biografía como espectadores. Lucas Martínez López es uno de ellos: funcionario, cincuentón, tímido hasta la transparencia, insomne crónico, dueño de una vida que cabe entera en un piso pequeño, un trayecto de metro y una mesa rodeada de papeles. Se describe a sí mismo sin piedad y sin autocompasión —los ojos mínimos, la nariz aplastada, el pelo escaso, las gafas de pasta negra— y con esa misma minuciosidad describe todo lo demás. Porque lo que Lucas sabe hacer, lo único que hace de forma extraordinaria, es mirar.
La novela avanza por acumulación de recuerdos, no por episodios encadenados. Un gesto en el vagón del metro, una taza de café servida en la máquina de la oficina, el olor de una tarta helada de fresas probada por primera vez a los seis o siete años: cada detalle abre una puerta hacia atrás. De ese modo se reconstruye una casa de infancia oscura y ordenada, gobernada por dos padres que sostenían de puertas afuera el papel de familia cristiana y decente mientras de puertas adentro se maltrataban con método; y de ese modo aparece también Ángela, la niña dos años mayor que caminaba con un libro por el polideportivo del colegio y a la que Lucas confundió con un ángel.
El presente del relato es igual de sobrio. Los sábados por la mañana, Lucas cruza una manzana hasta la residencia donde su madre, muda desde la muerte del padre, lo recibe sentada junto a la ventana. Le lleva rosas rojas y bombones de praliné, le acaricia el pelo, le dice que la quiere sin saber si lo entiende. En el pasillo lo espera doña Elena, una anciana que lo llama «hijo» porque se parece a Bruno, el suyo, muerto hace cinco años mientras ella lo aguardaba encerrada allí dentro. Y en la oficina está Clara: ojos verdes desmesurados, manos pequeñas, una timidez todavía mayor que la de él, y una sonrisa que Lucas guarda desde hace un año como quien guarda una prueba de que el mundo puede ser habitable.
Apóstol se lee como el examen de conciencia de un hombre que ha organizado su memoria alrededor de las mujeres que la ocuparon: la madre, la niña del recreo, la desconocida que corre por el parque, la compañera inalcanzable, la anciana que lo adopta cada semana durante treinta segundos. Ninguna de ellas es un objeto sentimental; todas son, más bien, el lugar desde el que Lucas consigue verse. Y ahí está la incomodidad fértil del libro, que su prólogo formula sin rodeos: la frontera entre ser contemplado y ser vigilado, entre el afecto que registra cada detalle y el que se conforma con mirar desde lejos.
Manuel Pérez Cedrés escribe una prosa de frase corta, insistente, hecha de enumeraciones que funcionan como respiraciones y de imágenes domésticas que se vuelven inquietantes sin levantar la voz: una noche que pesa como hormigón armado, una ciudad convertida en isla desierta sin cocoteros, una habitación de residencia que parece una caverna. El resultado es una novela sobre el paso del tiempo y sobre la soledad, sí, pero también sobre la posibilidad tardía de dejar de buscar para empezar a encontrar: sobre esa clase de valentía menor y decisiva que consiste en decirle a alguien, por fin, lo que se lleva años pensando en silencio.