Apple tiene trece años y vive con su abuela en un pueblo costero inglés desde que su madre se marchó a Nueva York la noche de una Navidad marcada por gritos y tormenta.
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Apple tiene trece años y vive con su abuela en un pueblo costero inglés desde que su madre se marchó a Nueva York la noche de una Navidad marcada por gritos y tormenta. Entre un padre distante que ha formado una nueva familia, una madrastra que no la quiere cerca y el descubrimiento de la poesía en clase, Apple aprende a mirar de frente el vacío que dejó aquel abandono.
Apple Apostolopoulou nunca ha dejado de preguntarse por qué su madre se fue de casa una noche de tormenta, cuando ella era apenas una niña, para perseguir un sueño en los escenarios de Nueva York. Desde entonces ha crecido junto a su abuela Nana, en una casa junto al mar donde las tradiciones —la misa de Navidad, el pavo asado, los villancicos desafinados— sostienen una rutina afectuosa pero también asfixiante para una adolescente que empieza a hacerse preguntas incómodas sobre el amor, la lealtad y la soledad. Su padre, Chris, vive a dos horas de distancia con su nueva esposa, Trish, que apenas disimula su incomodidad ante la existencia de Apple justo cuando anuncian que esperan un bebé propio. En ese contexto de vínculos rotos y a medio construir aparece el señor Gaydon, un profesor sustituto que introduce a la clase en la poesía y en la idea de que estar solo no es lo mismo que estar en paz, una lección que resuena con fuerza en la vida de Apple. Un nuevo vecino, Del, y la posibilidad —siempre latente— de que su madre regrese terminan de dibujar el mapa emocional de una historia sobre la infancia interrumpida, el peso de cuidar a quienes deberían cuidarnos y la manera en que aprendemos a nombrar lo que sentimos cuando por fin encontramos las palabras adecuadas.