Aprendiendo a ser un ángel es un libro breve de poesía precedido por una carta que nunca obtendrá respuesta. En catorce poemas numerados, la voz que los sostiene habla del deseo entre hombres, de la soledad acumulada durante años, del…
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Aprendiendo a ser un ángel es un libro breve de poesía precedido por una carta que nunca obtendrá respuesta. En catorce poemas numerados, la voz que los sostiene habla del deseo entre hombres, de la soledad acumulada durante años, del cuerpo que envejece mientras sigue buscando otro cuerpo, y de esa casa —siempre ajena, siempre en obra— donde el amor parece ocurrirle a los demás. Publicado por Abigaíl Ailey en 2018, con palabras preliminares de Tony J. More.
El libro no empieza con un verso, sino con una confesión en prosa. Alguien acaba de enviar una carta en la que se atrevió a abrir la puerta de su vida y ahora no puede dormir: imagina de cuántas maneras será esquivado, ensaya de antemano la negativa, se describe insomne y harto de todo lo que no sea su trabajo creativo. Habla desde una habitación mínima levantada después de medio siglo de vida, un espacio donde apenas cabe una cama y la ausencia de quien no vendrá. Esa carta funciona como umbral y como clave de lectura: lo que sigue no es un cortejo, sino el inventario lúcido de lo que cuesta pedir amor cuando ya se conoce la respuesta.
Tras un epígrafe de Rainer Maria Rilke —el ángel, la plaza no vista, los amantes que exhiben lo que aquí les fue negado— llegan catorce poemas numerados, breves, de sintaxis desnuda y sin ornamento. El primero es casi una declaración civil: los hombres que aman a otros hombres también tienen familia, oficio, hermanos, trabajan la tierra y construyen. Del gesto colectivo se pasa enseguida a lo íntimo, y aparece una de las imágenes que organiza el conjunto: unos muros en obra sucia, sin techo ni suelo, que algún día serán casa, jardín, perros, hijos que crecen y se van. Quien mira esos muros los mira desde fuera, sabiendo que la felicidad prevista allí pertenece a otro.
Los poemas siguientes se ordenan alrededor de la edad y del cuerpo. Se calculan los veintisiete años como una cifra donde detenerse, los treinta y cinco como la promesa de una paz con ahorros y casa vacía, los cincuenta como una celda nueva y pobre. Hay codicia y hay lucidez: el deseo por una belleza arrogante, casi de mármol, convive con la conciencia de su decadencia futura. La familia no cuelga de la pared, duerme dentro del cuerpo y se niega a morir. La noche es un vagabundeo por calles secretas y escaleras en ruinas del que se vuelve con más hambre de piel que antes. Y hay también un humor ácido y sin autocompasión cuando la voz se pregunta qué gesto ensayar, qué ropa elegir, para que la mire alguien que no la merece.
El cierre baja el tono hasta la escena doméstica: salir de la propia vida y verla pasar, escuchar el hielo deshacerse en un vaso, mirar el mundo y encontrarlo riéndose desde la llovizna cercana de un muchacho. No hay redención ni denuncia explícita; hay constancia. El aprendizaje que anuncia el título tiene menos que ver con la santidad que con sostenerse frente al silencio, al miedo y a los anatemas cotidianos, y convertir esa resistencia en palabra.
Abigaíl Ailey (Cuba, 1969) llegó a España a finales de los ochenta acompañando a sus padres en misión diplomática y decidió quedarse tras la muerte de ambos en un accidente en 1991, mientras estudiaba Historia del Arte. Sobrevivió después en oficios muy diversos —de la cocina a la fotografía, del masaje al espectáculo drag—, alternados con encargos de escritura por cuenta ajena. Un diagnóstico de VIH en 2015 precipitó la decisión de dedicarse a la literatura, primero compartiendo fragmentos en redes y plataformas de autopublicación, y luego con la serie de relatos eróticos Corazones para chicos tristes. Este poemario, escrito entre Sitges y otros lugares de paso, es su registro más despojado: se lee de una sentada y deja la impresión de haber escuchado a alguien decir en voz baja algo que llevaba años sin decirle a nadie.
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