Una muchacha sin casa, sin familia y sin nombre propio duerme en un montón de estiércol para no morir de frío, hasta que la comadrona de la aldea descubre que su hambre puede resultarle útil y la toma como aprendiza a cambio de pan duro y…
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Una muchacha sin casa, sin familia y sin nombre propio duerme en un montón de estiércol para no morir de frío, hasta que la comadrona de la aldea descubre que su hambre puede resultarle útil y la toma como aprendiza a cambio de pan duro y cerveza agria. Entre hierbas, partos y desprecios, la niña a la que llamaban Mocosa y luego Escarabajo empieza a aprender un oficio y, sobre todo, a sospechar que merece un nombre elegido por ella misma. Una novela breve de ambientación medieval sobre la dignidad que se construye desde abajo.
En una aldea medieval sin nombre, una muchacha de doce o trece años —nadie lo sabe con certeza, ni siquiera ella— se entierra en el calor pútrido de un montón de estiércol para sobrevivir a una noche de helada. No conoce hogar, madre ni oración alguna; su vocabulario está hecho de juramentos y su horizonte no va más allá de un nabo fresco o un establo limpio. Los niños de cada aldea la llaman escarabajo pelotero; los adultos, cuando reparan en ella, la echan. Una mañana la encuentra Jane, la comadrona: mujer de nariz afilada, mirada de acero y griñón almidonado, que calcula de un vistazo cuánto trabajo puede sacarle a un hambre así. Le da un nombre nuevo, Escarabajo, un trozo de pan seco y una ocupación.
La vida junto a la comadrona es dura pero regular, y esa regularidad basta para que la muchacha empiece a mirar el mundo en lugar de solo padecerlo. Enciende la lumbre, friega el suelo de tierra, lava en el río, recorre el bosque en busca de miel, sanguijuelas, telarañas y hierbas, y llena los frascos de una estantería donde conviven la botánica y la superstición. Jane le prohíbe entrar en las casas donde nace un niño —no por torpeza de la aprendiza, sino para guardarse el secreto del oficio—, así que Escarabajo aprende espiando por las ventanas. Descubre entonces algo que su maestra nunca le diría: que en un parto el sentido común y el ánimo pesan tanto como los encantamientos.
Su único afecto es un gato anaranjado y piojoso al que rescata de un saco arrojado al río junto a una anguila, y al que insulta con ternura hasta obligarlo a vivir. A él le cuenta lo que no puede contar a nadie: la avaricia de la comadrona, que niega su ayuda a las madres que no pueden pagar; el rencor que los vecinos descargan sobre la aprendiza porque no se atreven con la maestra; el secreto que sorprende una mañana en un campo junto al Camino Viejo del Norte y que explica la súbita abundancia de pan en la casa. También le confiesa el fracaso: el día en que el molinero la arrastra a asistir sola a su mujer y ella, aterrorizada, no sabe hacer más que repetir palabras ajenas mientras la habitación se llena de gritos y de curiosos.
El giro no llega por un acto heroico, sino por un espejo de agua. Enviada a la Feria de San Suituno en lugar de la comadrona, que se ha roto el tobillo, la muchacha regatea, compra, se ríe de los títeres y recibe de un mercader un peine de madera con un gato dormido tallado entre las púas: la primera cosa que posee en su vida. Un desconocido la confunde con una tal Alyce que sabe leer. Inclinada sobre un abrevadero, se ve por primera vez —rizos, ojos grandes, una cara que podría pertenecer a alguien capaz de leer— y decide llamarse Alyce. Pronto comprende que un nombre sirve de poco si nadie quiere usarlo, y que reclamarlo será una tarea más larga que ganárselo.
Contada en capítulos breves y en un registro sobrio, sin sentimentalismo y con un humor áspero, la novela reconstruye la vida cotidiana del campo medieval con precisión sensorial: el olor del estiércol y de la paja recién cortada, las ferias, las cosechas, las fiestas de guardar, los remedios de aguileña, ortiga y ajenjo. Sobre ese fondo avanza una historia de crecimiento sin adornos, donde el hambre da paso al trabajo, el trabajo al conocimiento y el conocimiento a la pregunta más difícil de todas: quién quiere ser una persona a la que nunca dejaron elegir nada.
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