Una madrugada de diciembre, en los senderos de la Casa de Campo, tres chicos suben a una mujer a su coche por treinta euros y cruzan una línea de la que ya no hay retorno.
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Una madrugada de diciembre, en los senderos de la Casa de Campo, tres chicos suben a una mujer a su coche por treinta euros y cruzan una línea de la que ya no hay retorno. Desde ese punto sin regreso, la novela retrocede hasta las vidas de Daniel, Nelson y Carlos —un barrio de chapa y ladrillo en la periferia de Madrid, un vuelo desde Cali, un tanatorio— para reconstruir no quién lo hizo, sino cómo se llega hasta ahí.
Un epígrafe de Ilegales —«El mundo es basura, pero me gusta estar vivo»— abre el libro y fija de antemano su temperatura moral: aquí nadie se salva del todo, pero todos quieren seguir respirando.
El arranque es una advertencia dirigida a tres muchachos que todavía no han hecho nada. Aún pueden volver a casa, meterse en la cama y dejar que la noche pase sin consecuencias; el narrador lo sabe, ellos no, y esa asimetría —la certeza del lector frente a la ceguera de los personajes— sostiene la tensión de todo lo que viene después. Lo que viene es una madrugada de diciembre en la Casa de Campo: un coche que avanza despacio, una negociación de treinta euros, una mujer joven a la que los tres dan por rumana sin haberle preguntado nunca el nombre, y una escalada que empieza como transacción sórdida y termina en crimen. La escena está contada con una frialdad casi forense, sin más banda sonora que una cinta que se acaba y un zumbido persistente que nadie atiende: una señal de alarma convertida en conciencia externa, la voz que ninguno de los tres quiere oír.
Después, el relato retrocede y se abre en abanico. Daniel, al que en el barrio llaman el Dos Frentes por una cicatriz cuyo mote no tolera de nadie, entrena en un gimnasio de chapa del barrio de Valdeyeros, trapichea con la droga de su padre —un yonqui reconvertido en camello de poca monta, apodado el Ciego— y duerme en un bajo interior junto a su hermana pequeña, Clara, el único punto blando de un carácter capaz de pasar de la simpatía al odio sin aviso. Nelson llega de Siloé, en Cali, en su primer vuelo, deseando cinco veces que el avión se estrelle; viaja con su madre, Camila, y con una deuda de tres mil euros contraída con el español que les pagó los billetes y que ya les ha explicado qué clase de trabajo les espera en Madrid. Carlos, alumno de FP, todavía no ha conseguido llorar por su madre muerta y se mueve entre un tanatorio, una abuela vaciada por la demencia y un empleado de funeraria que le exige decidir entre incineración e inhumación mientras él intenta, a solas, cambiar un pañal en el baño de señoras.
Tres retratos y tres formas de precariedad —la del barrio, la de la frontera, la del cuidado— que la novela va empujando, con una lógica implacable, hacia el mismo coche y la misma madrugada. La prosa trabaja en presente, prescinde de marcas de diálogo en los pasajes más duros y tiene oído fino para el habla de la calle: los motes, el racismo cotidiano, el machismo asumido como norma, la jerarquía que decide quién puede llamarte por tu nombre. No hay moraleja ni redención anunciada. Hay, en cambio, un mecanismo social descrito desde dentro, donde la violencia no irrumpe: se hereda, se ensaya y por fin se ejecuta. Una novela negra de extrarradio que interroga menos el «quién» que el «cómo».