Memorias de una actriz española que reconstruye, con humor y sin solemnidad, una infancia de identidades cambiantes: un nombre legal que no era el suyo, un padre que resultó no serlo, mudanzas continuas entre Madrid, una aldea gallega,…
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Memorias de una actriz española que reconstruye, con humor y sin solemnidad, una infancia de identidades cambiantes: un nombre legal que no era el suyo, un padre que resultó no serlo, mudanzas continuas entre Madrid, una aldea gallega, Ginebra y Torremolinos, y el descubrimiento tardío de que el teatro podía ser una casa estable.
El libro se abre con una advertencia honesta: quien escribe no llevó diario, no tomó notas y desconfía de su propia memoria. Desde esa “declaración de intenciones” —un diálogo consigo misma sobre qué contar y qué callar, sobre el pudor de ofender y la vanidad de cuidar la imagen— arranca un ejercicio de orden más que de confesión. La autora, actriz de largo recorrido, se propone recoger, en el doble sentido de recopilar y de recoger antes de salir de clase, lo que hizo con su vida.
El relato avanza por capítulos breves que reconstruyen una infancia hecha de discordancias. La fecha y la ciudad del nacimiento no coinciden con las del registro civil; el nombre inscrito no es el que usan en casa; el apellido con el que llegaría a ser conocida se adopta a los once años por una razón muy poco artística: no querer parecer distinta a unas hermanastras recién estrenadas. Cada dato oficial resulta ser tapadera de otro, y la frase que vertebra el libro —en su vida casi todo parece una cosa y casi siempre es otra— se cumple con una regularidad casi cómica.
Hay dos geografías afectivas. Una es la casa de los abuelos maternos: el piso de Madrid con su sala de retratos y su saloncito rosa, y sobre todo la casa de una aldea del valle de Lemos, sin luz eléctrica ni agua corriente, donde una niña gordita y tímida dirige orquestas de berzas, se baña en el pilón de las vacas y come pan con nata. Alrededor se mueve un elenco de figuras secundarias retratadas con precisión y afecto: la abuela viuda de negro que dictamina que las señoritas conductoras no se marean, la costurera que cobra su jornada con un plátano, dos huevos y una barra de pan, la criada que atribuye a Franco el escaso éxito de un tío guionista. La otra geografía es la del desarraigo: colegios encadenados, un secuestro paterno resuelto por los carabinieri en Roma, un albergue de la Sección Femenina del que la expulsan por confundir los gritos de rigor, un traslado a Ginebra tras la ruina familiar, y el aterrizaje adolescente en un Torremolinos que no le gusta nada.
El cine atraviesa el libro como educación sentimental paralela: las tres Sissi vistas tres veces cada una, las sesiones dobles con una señorita de compañía, el episodio incómodo de un desconocido en la oscuridad de una sala, y más tarde, en la Suiza sin censura, el descubrimiento de Buñuel, Dassin y unos paraguas que le hacen decidir a quién quiere parecerse. Cuando llega la crisis adolescente —sin saber dónde está su casa, quién es su padre ni qué hacer con su vida—, la salvación viene por la puerta del teatro: una escuela malagueña regentada por una mecenas excepcional, empeñada en rehabilitar el Teatro Romano, que se convierte en segunda madre y en templo de libertad dentro de una España estrecha.
Escrito en primera persona y con una voz que se permite la ironía sobre sí misma, el texto no busca el ajuste de cuentas: la autora reconoce su tendencia a la memoria feliz, avisa de que hablará poco de los malos y menos de los fracasos, y firma sin embargo un retrato nítido de un país y de una época, desde los viajes de doce horas a Galicia hasta las anulaciones de la Sacra Rota y la llegada del divorcio. Por encima de la crónica profesional, lo que ofrece es el inventario de todas las mujeres que fue cuando no interpretaba a nadie.
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