Poemario de Florentino Huerga que reúne su obra más representativa bajo una premisa explícita desde el primer verso: este libro no ofrece consuelo ni ornamento.
Descargar
Poemario de Florentino Huerga que reúne su obra más representativa bajo una premisa explícita desde el primer verso: este libro no ofrece consuelo ni ornamento. Con un prólogo que lo sitúa en la tradición de la poesía testimonial española, el volumen recorre el trabajo, la miseria, la represión y el amor con un lenguaje directo, de imágenes ásperas y cotidianas, que convierte al poeta en cronista de una clase silenciada.
Este volumen recoge la poesía de Florentino Huerga en una selección que funciona menos como antología ordenada que como retrato acumulado de una conciencia. El libro se abre con una advertencia del propio autor —cerrar sus páginas producirá el alivio de quien suelta un lagarto— y esa declaración marca el tono de todo lo que sigue: aquí no hay luz, ni soplos divinos, ni lirios; hay un hombre con pañuelo, gorra y palo que escupe sangre sobre el andamio.
El prólogo, firmado con iniciales, hace un diagnóstico severo del estado de la poesía española del momento: de un lado, la vía culturalista heredada de las nuevas escuelas; del otro, la palabra combativa que fijó su reloj en Miguel Hernández, León Felipe, Celaya y Blas de Otero. Ninguna de las dos, argumenta, llega a su destinatario, porque el problema no está en el camino elegido sino en unas reglas de mercado cultural que convierten lo experimental en pirueta sin comprador y lo crítico en fruto prohibido. Es en esa segunda opción —la testimonial, reflexiva, crítica— donde el prologuista inscribe a Huerga, y lo hace destacando algo que no siempre se concede a la llamada poesía social: que en ella el «cómo se dice» importa tanto como el «qué» y el «para qué». La comparación que propone es la de un periodismo comprometido escrito verso a verso.
Los poemas cumplen esa descripción. Hay piezas de amor que nunca se desprenden del entorno que las rodea: el beso ocurre mientras los obreros velan la miseria y una puta encuentra compañero en la taberna; el deseo aparece cruzado de noticias de guerra desde El Cairo y Tel Aviv. Hay una larga letanía de arrepentimientos que enumera hambre, abortos, niños ateridos y padres de ceniza. Hay elegías —a los mineros de Turón, a tres obreros muertos, a un tal Juan Galea que llega a la Estación de Francia con el hato al hombro y muere solo y oscuro como un hombre honrado— donde el duelo se organiza junto a los guardias civiles, los representantes del Ministro y las misas prometidas. Y hay un poema sobre una decisión de no traer un hijo al mundo que sostiene, sin aspavientos, el argumento más duro del libro: que la renuncia puede ser una forma de amor cuando el porvenir ofrecido es frío y miseria.
El lenguaje trabaja por acumulación de objetos concretos —el pico y la pala, la maleta vieja, los callos, la escupidera, el clavo, el rocío— y por un uso insistente de la anáfora, que da a muchos poemas una cadencia de salmo laico. La naturaleza no funciona como refugio: el azul, las palomas y las espigas comparecen, pero casi siempre contrapesados por la ceniza, el gusano, el napalm o el andamio. Un poema central, «¿qué queréis?», formula la poética entera como una pregunta retórica dirigida a quien esperaría del autor rosas y jilgueros.
El libro se cierra con una convocatoria coral, más extensa y salmódica, en la que la voz individual se disuelve en un «hermanos» repetido y en la evocación de un ayer con globos, guitarras y balcones engalanados, ya perdido. Es el gesto que resume el conjunto: un poeta que se asume médium de quienes no disponen de instrumentos para expresarse, y que reúne sus versos como quien atesora señas de identidad colectiva.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.