Un periodista al que acaban de reinstalarle el implante auditivo acepta, casi por descarte, una entrevista sobre una música ambiental que promete alegría a domicilio; en la sede de la empresa descubre una melodía que se le mete bajo la…
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Un periodista al que acaban de reinstalarle el implante auditivo acepta, casi por descarte, una entrevista sobre una música ambiental que promete alegría a domicilio; en la sede de la empresa descubre una melodía que se le mete bajo la piel, un logotipo con un segundo nombre que nadie explica y una adolescente con las manos quemadas que asegura tocar mejor que cualquiera.
La novela abre en una consulta donde a Candance «Codi» Weil le sustituyen el implante coclear que lo mantiene enchufado a Airnet, la red por la que circulan voces, noticias y música directamente dentro del cráneo. El procedimiento es rutinario, casi somnoliento, y en esa charla trivial con la técnico se cuela por primera vez el nombre que organizará toda la trama: los ambientes musicales, un fondo sonoro que supuestamente gusta a todo el mundo, relaja y aumenta el rendimiento, y por cuyos derechos se disputan las dos grandes operadoras del sector.
Apenas recuperada la conexión, el mundo vuelve a Codi en forma de trece llamadas perdidas y un jefe que no admite silencios. Víctor Harden, editor de la revista Hoy y Mañana, le encarga con media hora de margen una entrevista que él mismo había concertado y que ahora no puede atender: Stiven Ramis, fundador de Emociones Líquidas, la pequeña compañía que ha inventado esos ambientes. Las instrucciones son de manual —caer bien, halagar, tender un puente, no rascar demasiado—, pero Harden añade al final un dato que desmiente el tono ligero del encargo: la empresa anterior de Ramis, dedicada a fabricar orchestrones, arrastra una investigación policial antigua y sin culpables, abierta la noche en que varios de sus veinte empleados se quitaron la vida el mismo día, sin relación entre ellos salvo el lugar donde trabajaban.
La entrevista confirma que el retrato del “simplón con suerte” era falso. La sede de Emociones Líquidas exhibe una prosperidad que no necesita vigilancia, y en su umbral Codi es alcanzado por una melodía tan sutil que solo se percibe cuando ya ha hecho efecto: un roce en la base del cráneo, una alegría que llega antes que la conciencia de estar oyéndola. Ramis se la explica después con orgullo de divulgador: el orchestrón, un instrumento del tamaño de una casa, fue concebido para comunicar emociones a un público concreto, y su gremio de virtuosos guarda celosamente el privilegio del directo; él propone democratizarlo reduciendo esa complejidad a una sola emoción envasada, la alegría, disponible a demanda. Codi asiente, adula lo justo y comete un desliz sincero al llamar “inquietante” a lo que sintió en la puerta.
El relato deja sembradas más grietas de las que cierra. Un logotipo giratorio que en su reverso muestra el nombre de otra empresa, Aquamarine; un ascensor con el doble de botones que plantas tiene el edificio; unos sótanos ocupados por estudios de grabación de los que nadie da explicaciones. Y, sobre todo, Fally, la hija de Ramis: hostil, lúcida, despreciativa con los músicos que su padre emplea, convencida de que ella podría tocar mejor que cualquiera. Cuando Codi le pregunta si estudia música, la niña responde tendiéndole la palma abierta, cubierta por completo de una cicatriz de quemadura. En ese gesto, el reportaje amable que le encargaron termina de convertirse en otra cosa.
Ciencia ficción cercana de tono sobrio, el texto usa la mecánica cotidiana de la conexión permanente —tarifas, avisos automáticos, preferencias que se desconfiguran— para preparar una pregunta más incómoda: qué ocurre cuando una emoción puede fabricarse, venderse y administrarse por el oído, y quién paga el precio de que resulte tan agradable.