En un glaciar de la Patagonia argentina, una discusión de pareja obliga al guía Javier Anzoátegui a encarar el ascenso solo con Carla, la trekker que se había sumado al programa.
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En un glaciar de la Patagonia argentina, una discusión de pareja obliga al guía Javier Anzoátegui a encarar el ascenso solo con Carla, la trekker que se había sumado al programa. Lo que empieza como una jornada tensa entre dos desconocidos cambia de escala cuando, bajo el hielo transparente, Carla distingue un objeto imposible: una pieza de aspecto tecnológico atrapada a varios metros de profundidad, en una masa de hielo que tiene decenas de miles de años. Entre explicaciones que no cierran y una hipótesis que ninguno se anima a decir en voz alta, ambos deciden callar el hallazgo y volver. «Aquarius», de Julián E. Harguindey, arranca así: con un descubrimiento que promete redefinir lo que creemos saber sobre nuestro pasado, y con dos personas que deben decidir, primero, qué clase de gente quieren ser frente a él.
La novela abre con una caminata sobre hielo y una conversación incómoda. Javier, guía experimentado, ha llegado al glaciar sin Silvia, su pareja, que le exigió elegir entre ella y la clienta que completaba el grupo; Carla, treintañera, profesional, acostumbrada a manejarse sola, descubre recién a mitad de la subida el precio que se pagó por su lugar en la travesía. Ese conflicto menor —celos, orgullo, lealtades mal repartidas— ocupa las primeras páginas con un diálogo de registro netamente rioplatense, ágil y con filo, donde se discuten la libertad de elegir, los ideales y las dificultades de armar pareja en una generación que le esquiva al compromiso.
El relato gira cuando la superficie opaca del glaciar se vuelve azul y traslúcida bajo el sol alto. Carla se detiene y señala algo a varios metros de profundidad: una forma rectangular, metálica, que a primera vista parece un teléfono celular. Javier ensaya y descarta, una tras otra, todas las explicaciones razonables: un pozo de barreno rellenado, un objeto caliente que se hundió derritiendo el hielo, una ilusión óptica producida por reflejos, un sector del glaciar más joven de lo que aparenta. Ninguna resiste lo que él sabe sobre cómo se forma, avanza y tritura un río de hielo. Esa misma noche, ampliando la fotografía en el refugio, cree distinguir símbolos grabados en la superficie del objeto que no corresponden a ninguna escritura conocida, y formula en voz baja la única conclusión que le queda: si el hielo tiene la edad que tiene, la pieza pertenece a una civilización de la que no hay registro. Tal vez ni siquiera de este planeta.
De ahí en más, el hallazgo deja de ser un enigma y pasa a ser un problema práctico. Javier calcula rápido: cómo volver al punto marcado en el GPS sin levantar sospechas, qué excusas inventar, por qué no conviene entregar el objeto a la burocracia local, cómo financiar su extracción y su estudio con una sociedad discreta de inversores. Carla, que apenas quería hacer trekking y llegar a sus reservas, se descubre arrastrada por esa curiosidad y a la vez desconfiada de la velocidad con que él ya lo tiene todo pensado. El pacto que sellan —silencio, mentiras compartidas, reconocimiento de la autoría del hallazgo— es también el primer cimiento de una alianza cuya naturaleza ninguno termina de nombrar.
La jornada cierra en el Refugio Serac, con leña encendida, risotto, una patrulla de guardaparques y un grupo de trekkers que convierte la llegada de Carla en un torneo de seducción. Harguindey aprovecha esa escena coral para mostrar otra cara de sus protagonistas: la soltura con que ella administra la atención ajena, la irritación no del todo confesada de Javier, la búsqueda infructuosa de Silvia por radio a través de Gendarmería. El resultado es una novela que avanza en dos frentes simultáneos —el asombro ante lo inexplicable y la deriva íntima de sus personajes— y que instala, desde el primer día de su relato, la pregunta que sostiene todo lo demás: qué se hace con una prueba que contradice la historia conocida, y en quién se puede confiar mientras se decide.