En un pequeño pueblo costero, dos adolescentes de mundos opuestos coinciden un verano decisivo. Samuel, criado entre redes y acantilados, conoce el mar como una prolongación de sí mismo; Claudina, llegada a regañadientes desde la ciudad,…
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En un pequeño pueblo costero, dos adolescentes de mundos opuestos coinciden un verano decisivo. Samuel, criado entre redes y acantilados, conoce el mar como una prolongación de sí mismo; Claudina, llegada a regañadientes desde la ciudad, arrastra el fastidio de unas vacaciones impuestas. Alrededor de ellos, un pueblo de pescadores guarda historias de naufragios, duelos antiguos y una misteriosa mujer de la que todos hablan en voz baja. Una novela de iniciación que entrelaza el despertar personal con la memoria colectiva de una comunidad marcada por el mar.
La acción transcurre en un pueblo costero donde el tiempo parece medirse por las mareas y las historias que se repiten de generación en generación. Samuel es un muchacho que ha crecido pegado al agua: bucea, pesca y sueña con un futuro que su madre, temerosa de que la sangre marinera se imponga sobre los estudios, intenta desviar hacia los libros. Su vida cotidiana está tejida de rutinas familiares —el abuelo Nicolás, veterano pescador con una historia trágica a sus espaldas; el alfarero Vladimiro, silencioso desde que perdió a los suyos— y de un encuentro que no ha contado a nadie: el de Netrea, una mujer a la que en el pueblo llaman bruja y cuya sola mirada parece torcer el destino de sus días.
La llegada del verano trae también a Claudina, hija de Jaime, un veterinario que regresa después de años a la casa familiar de la colina para descansar y, quizá, recuperar algo de su infancia. Para Claudina, arrancada de su ciudad, su móvil y sus amigos como castigo por un curso académico flojo, el pueblo se presenta al principio como un destierro sin alicientes: sin cobertura, sin urbanización turística, con una tienda-taberna como único centro social y una playa rocosa por todo paisaje. Pero la curiosidad de los vecinos, las miradas que despierta su llegada y, sobre todo, el mar que se abre bajo la casa empiezan a resquebrajar su resistencia.
El primer cruce entre Samuel y Claudina, marcado por el orgullo y los prejuicios mutuos —él la ve como una niña de ciudad que no sabe nada del lugar; ella lo encuentra huraño y jactancioso—, anuncia una relación que tendrá que abrirse camino entre malentendidos. Alrededor de los dos jóvenes, la novela despliega el tejido de un pueblo entero: la prima Laura, siempre dispuesta a tender puentes; las mujeres de la venta, ávidas de noticias; el peso de una tragedia familiar antigua —la muerte de un hermano en el mar— que explica por qué algunos temen y otros veneran las mismas aguas que dan de comer al pueblo. Entre baños al amanecer, tardes de estudio fingido, tornos de alfarero y leyendas susurradas sobre la mujer de la cala, se construye el retrato de un verano que promete cambiarlo todo: la manera en que ambos protagonistas entienden su origen, su futuro y, sobre todo, al otro.