Sofía llega a Salou con diecisiete años, una madre rota por el duelo y la orden implícita de comportarse como la adulta de la casa. El plan es sencillo: playa, sus dos mejores amigas y olvidar durante unas semanas el año que le ha…
Descargar
Sofía llega a Salou con diecisiete años, una madre rota por el duelo y la orden implícita de comportarse como la adulta de la casa. El plan es sencillo: playa, sus dos mejores amigas y olvidar durante unas semanas el año que le ha arrancado a su padre. Un balonazo perdido en la arena desbarata esa tregua y la pone frente a Iván, un chico de mirada dura y ojos claros en el que reconoce, sin querer, la misma rabia que ella lleva dentro. Una novela sobre el primer verano después de una pérdida, cuando doler y volver a sentir ocurren al mismo tiempo.
Hay veranos que no se eligen. Sofía vuelve al apartamento de Salou donde su familia pasó siempre las vacaciones, solo que ahora sobra una silla, sobra medio armario y sobra el lado de la cama que su padre ya no ocupará. Han pasado nueve meses desde aquel diecisiete de octubre en que una profesora la sacó de clase con la cara equivocada, y desde entonces Sofía ha aprendido a decir «bien» de forma automática, a limpiar el piso antes de que llegue su madre y a tragarse la pena para que quepa la de los demás.
Su madre, Elena, apenas se sostiene: come poco, llora en las habitaciones, depende de unas pastillas que a su hija le dan pánico y ha dejado de ver a la adolescente que tiene delante. La inversión de papeles es tan silenciosa como brutal, y solo el abuelo de Sofía —el yayo, su salvavidas al otro lado del teléfono— se atreve a nombrarla en voz alta: cuidar de tu madre no es tu responsabilidad. Con Andrea, arrolladora y sin filtros, y Emma, dulce y reservada, Sofía intenta recuperar por unas horas el derecho a ser lo que es, una chica de diecisiete años en un pueblo costero abarrotado, con cervezas en la playa, partidas de billar desastrosas, colas de discoteca y la promesa de no pensar.
El balón que le golpea la frente una mañana de sol excesivo trae a Cristian, simpático e incansable, y a Iván, que responde con sarcasmo, sonríe poco y mira como si estuviera calculando cuánto puede contener antes de estallar. Sofía lo detesta de inmediato y, a la vez, no consigue apartar la vista. Lo que la desarma no es el color de sus ojos, sino lo que hay detrás: una furia idéntica a la suya, reconocible al instante, imposible de fingir. Salou es pequeño y los encuentros se repiten, primero como casualidad molesta y después como algo que ninguno de los dos admite estar buscando.
Marina L. B. Phoenix construye una novela juvenil de duelo y primer amor en la que el escenario —el paseo marítimo, la fuente luminosa, los chiringuitos, la arena caliente a mediodía— funciona como caja de resonancia de lo que la protagonista no dice. Narrada en primera persona y en presente, con una voz sarcástica que se quiebra justo cuando baja la guardia, la historia alterna la ligereza de un verano adolescente con la gravedad de una casa donde alguien tiene que hacer de adulto y nadie quiere ser el primero en llorar. También se detiene, sin dramatismo, en lo que Sofía carga fuera de casa: la relación que rompió porque solo podía ofrecer tristeza, las amigas que la tratan con un cuidado nuevo que a ella le sabe a miedo, la terapia que le enseñó que la mierda hay que arrancársela una misma.
Es, en el fondo, un libro sobre la reconstrucción: sobre esos días en que el dolor y el deseo conviven, en que reírse todavía se siente como una traición y una mirada ajena basta para recordarte que sigues viva. Un verano en el Mediterráneo, dos rabias que se reconocen y la pregunta de si dos personas rotas pueden sostenerse sin romperse un poco más.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.