Memoria de infancia contada en prosa breve y poemas intercalados: una niña de pueblo aprende a nombrar el miedo —pesadillas recurrentes, un pasillo con un cristo al fondo, un videoclip que la deja en shock, el primer muerto que ve— y…
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Memoria de infancia contada en prosa breve y poemas intercalados: una niña de pueblo aprende a nombrar el miedo —pesadillas recurrentes, un pasillo con un cristo al fondo, un videoclip que la deja en shock, el primer muerto que ve— y descubre que lo fantástico y lo doméstico se alimentan de la misma materia.
Hay libros que reconstruyen una infancia y hay libros que la devuelven intacta, con su lógica torcida y su temperatura exacta. Este pertenece al segundo grupo. Su narradora, Ana, recuerda desde la voz adulta pero sin traicionar la mirada de la niña que fue: una criatura crédula y feroz que creía en las brujas, en los Reyes Magos y en el hombre del saco con la misma convicción con que temía a la señora de boca infernal que la perseguía en sueños y a la que bautizó, sin saber qué significaba la palabra, como la Catarata.
El territorio es un pueblo español de los años ochenta, y el libro lo levanta con detalles que funcionan como conjuros: el pasillo de la casa de la abuela, con su cristo ensangrentado al fondo y el cuarto de la costura donde habitan todas las presencias malignas; el olor a alcanfor y a olvido; la vecina de la peluca eterna que profetiza desgracias mientras remata un puño de camisa; los conejos sacrificados en el patio los domingos; el Cristo quemado de la iglesia de san Pedro, que la mira de reojo y al que ella no puede dejar de mirar, con ese miedo prohibido y delicioso que solo conocen los niños. Entre esos objetos se organiza una cosmogonía privada donde el terror y el placer no están separados: la pesadilla puede transmutar en una sensación luminosa, girar sin cuerpo entre miles de colores, y el pánico convertirse en paz.
Los capítulos avanzan por episodios que cualquiera reconocerá y que aquí adquieren una intensidad desmedida, porque así es como los vive quien tiene nueve años. Un videoclip visto de reojo antes de la clase de ballet abre una grieta de ansiedad que durará días y que, se intuye, es el ensayo de algo mayor. La noticia de que ha muerto una niña del colegio de las monjas rompe una certeza que parecía inamovible: los niños no se mueren. La amistad con Alicia —dos gorriones vulgares y torpes unidos por un club selecto de perdedoras— produce rituales, palabras fetiche y ceremonias secretas en el lavabo de profesores. Y el primer amor, ese Manolo al que la narradora corteja con métodos de amazona salvaje y bocadillos rellenos de margaritas, deja una espina que tardará décadas en salir.
Lo notable es la ausencia de nostalgia complaciente. La voz mira sin sentimentalismo la crueldad infantil —la propia incluida—, el modo en que se aprende a calcular el alcance del daño, el peso de un mandato doméstico que la narradora nunca supo o quiso cumplir, y la distancia entre lo que un adulto cree que hizo y lo que un niño entendió que pasaba: el episodio de la playa, revelado años después en una comida familiar, condensa esa idea mejor que cualquier tesis. De ahí sale la única moral explícita del libro, formulada casi de pasada: qué frágil y tenebrosa puede ser la mente de un niño, y qué atentos deberían estar los mayores a cualquier manifestación extraña de miedo, por ridícula que parezca.
La prosa alterna con poemas que funcionan como respiraderos —un credo de creencias imposibles, un encantamiento, una lista de deseos que la vida adulta desmiente— y que desplazan el tono del relato hacia lo hechizado sin perder ironía. El resultado es un libro sobre la superstición como forma temprana de inteligencia, sobre lo que nos hicieron sentir cuando ya hemos olvidado nombres, lugares y rostros, y sobre la terquedad de seguir buscando la luz al final de cualquier pasillo oscuro.
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