Siete amigos residentes en San Diego salen un fin de semana a navegar por las islas del canal de California y una tormenta los deja varados en un islote del Pacífico norte.
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Siete amigos residentes en San Diego salen un fin de semana a navegar por las islas del canal de California y una tormenta los deja varados en un islote del Pacífico norte. Con lo poco que el mar devuelve del yate hundido —unos bidones, algunas tablas, una bolsa de ropa y un diario empapado— empiezan a levantar un campamento, encender fuego y aprender a comer de lo que la isla ofrece. Elisa López García narra esa convivencia forzosa como una crónica de días contados, donde el miedo al rescate que no llega alterna con la belleza del lugar y con las historias que cada náufrago arrastra desde tierra firme.
La novela arranca con Sofía despertando en una playa que no reconoce, incapaz de abrir los ojos, reconstruyendo a tientas la noche anterior: el yate, la tormenta, el casco roto, el bote salvavidas y la lucha contra el agua. Cuando por fin se incorpora comprueba que sus seis compañeros también han llegado a la orilla. Están vivos, sin más heridas que algún rasguño, pero no saben dónde están ni cuánto tardará alguien en buscarlos.
El grupo se reparte el trabajo casi de inmediato, y en ese reparto se dibujan los caracteres. Ethan, dueño de la embarcación y antiguo boy scout, encara el desastre como una aventura y sostiene el ánimo colectivo a base de bromas. Su mujer, Lucía, mucho más joven que él, ha salvado del bote una bolsa con joyas y vestidos de fiesta —inútiles allí, salvo por las telas aprovechables— y también un diario mojado cuyas páginas en blanco servirán para llevar la cuenta de los días. Manuel y Pedro, los dos mexicanos, trenzan redes con fibras vegetales y fabrican herramientas con piedras afiladas. Javier, dueño del restaurante español donde todos se reunían los viernes, aporta el pesimismo y la hipocondría que el resto tolera con cariño. Erlinda, californiana de padres filipinos y filóloga hispanista, mantiene vivo el fuego. Sofía, profesora de español llegada a California para dejar atrás un divorcio, observa el islote con una mirada que insiste en encontrar belleza incluso en la intemperie.
La supervivencia se organiza rápido: un cobertizo de troncos y hojas de palmera, una hoguera protegida del viento por una roca, plátanos, cocos, almendras, cangrejos y sobre todo pescado. Lo que no se organiza tan fácil es la espera. Cada anochecer devuelve la misma conversación —quién sabía de su salida, cuántos días pueden aguantar, qué comerían si estuvieran en casa— hasta que deciden prohibirse hablar de comida. Los restos que el mar va escupiendo, tablones con parte del nombre del barco, se reciben como pequeñas victorias y como duelos.
Sobre esa rutina la autora superpone una segunda historia. El viaje interrumpido se dirigía a San Nicolás, la más remota de las islas del canal, atraído por la leyenda de la mujer nicoleña que quedó sola en la isla cuando su pueblo fue evacuado y sobrevivió allí casi dos décadas antes de ser bautizada como Juana María. Los personajes la habían leído en ‘La isla de los delfines azules’ y la recuerdan ahora desde su propio aislamiento, midiendo su fortuna —son siete, tienen agua, tienen fuego— contra aquella soledad. En el mismo registro digresivo entran los orígenes de cada uno: Michoacán y Guanajuato, las leyendas y la música que Pedro y Manuel tararean, los trámites migratorios que mantienen a una familia partida entre dos países, la California de comienzos de los noventa que todos eligieron por motivos distintos.
Aquellos días inolvidables es, así, una novela de náufragos con vocación coral y ritmo de diario. El islote funciona menos como escenario de peligro que como espacio donde la vida anterior se ordena y se cuenta, y donde una certeza se instala poco a poco: la prueba superada el primer día habrá que volver a superarla cada mañana, sin saber cuántas mañanas quedan.
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