Un novelista fracasado recorre el mundo reuniendo una antología imposible: la de los libros que jamás tuvieron un lector. En Londres, presencia la humillación pública de un niño copista de museo y, desde entonces, arrastra consigo esa…
Descargar
Un novelista fracasado recorre el mundo reuniendo una antología imposible: la de los libros que jamás tuvieron un lector. En Londres, presencia la humillación pública de un niño copista de museo y, desde entonces, arrastra consigo esa escena como espejo de su propio fracaso, mientras unos mensajes de voz cada vez más desesperados de un desconocido llamado Faisal se cruzan en su camino sin que él sepa bien por qué.
La novela se abre con un epígrafe de Julio Cortázar sobre la necesidad de un puente entre quien escribe y quien lee, imagen que gobierna todo el relato: ¿qué pasa cuando ese puente nunca se tiende, cuando una obra no encuentra jamás a nadie que la cruce? El narrador, un escritor que considera su propia carrera literaria un fracaso rotundo, viaja durante la temporada de lluvias a Londres en busca de ideas para vender artículos. En la National Gallery, durante una exposición dedicada al marchante Paul Durand-Ruel, presencia cómo un maestro de pintura de acento eslavo humilla con violencia verbal y física a su joven aprendiz, un niño copista al que el narrador bautiza mentalmente como Rodión. La escena —la copia casi perfecta de un Monet destruida ante la mirada compasiva y morbosa de los turistas— se convierte en una obsesión: el narrador reconoce en ese muchacho su propio destino de creador incomprendido y decide, a partir de ahí, perseguirlo, defenderlo, casi confundirse con él.
En paralelo, el teléfono móvil que el narrador encontró abandonado en una playa del sur de Inglaterra empieza a recibir llamadas de un tal Faisal, que confunde el número con el de un pariente o socio al que debe dinero y, sobre todo, una explicación. Los mensajes de voz, cada vez más largos y quebrados, mezclan árabe, francés, español e inglés, y alternan súplicas de pago con confesiones íntimas sobre el miedo, el insomnio y una vieja deuda afectiva que nunca queda del todo clara. El narrador, que podría aclarar el malentendido con una simple llamada, opta por escuchar y guardar silencio, dejando que esa voz ajena se convierta en otro eco de su propia soledad.
El proyecto que da sentido a su itinerancia es una antología personal de “libros jamás leídos”: manuscritos rechazados, textos perdidos, ediciones íntegras que ningún ojo ajeno llegó a recorrer. La búsqueda lo lleva, entre otros episodios, a cruzar el desierto entre México y Estados Unidos junto a un guía de identidades múltiples —llamado sucesivamente Jessy Aguirre, Absalón, Dante o Fileas Menard— para desenterrar cerca de la frontera un libro supuestamente virgen de lectores, en una escena que combina el humor negro del contrabando de personas con la solemnidad casi religiosa de la búsqueda literaria. A través de las estaciones de este viaje —Londres, el desierto, y los territorios de la ex Unión Soviética tras la pista de un escritor llamado Borya—, la novela entreteje una reflexión sobre la humillación, la vergüenza de ser visto en la derrota, la imposibilidad de comunicarse plenamente y la delgada línea entre perseguir una obra y perseguirse a uno mismo.