Un guionista veterano repasa, con ironía y distancia, los entresijos de su oficio en el Hollywood de los años sesenta a noventa: llamadas misteriosas, comidas eternas con ejecutivos, un proyecto de miniserie que nunca cuaja y, sobre todo,…
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Un guionista veterano repasa, con ironía y distancia, los entresijos de su oficio en el Hollywood de los años sesenta a noventa: llamadas misteriosas, comidas eternas con ejecutivos, un proyecto de miniserie que nunca cuaja y, sobre todo, el instante en que Stanley Kubrick le propone adaptar una inquietante nouvelle vienesa de sueños, celos y deseo que terminará convertida en su última película.
El relato se mueve entre dos registros que se entrelazan constantemente: la crónica íntima de un matrimonio de escritores que negocia contratos, vuelos y vacaciones aplazadas, y la memoria profesional de un guionista que ha trabajado con algunos de los directores más singulares de su tiempo. Todo arranca con una oferta ambigua para adaptar ‘El prisionero de Zenda’ como miniserie televisiva, que lleva al narrador hasta un almuerzo parisino kafkiano con productores que llegan horas tarde y hablan más de jerarquías que de cine. En medio de esa gestión aparece, por sorpresa, una llamada de Stanley Kubrick preguntando si está disponible para ‘algo’ que no puede describir por teléfono. Lo que sigue es un diálogo tenso y elíptico entre ambos hombres, en el que Kubrick tantea el compromiso del escritor sin revelar de qué se trata, hasta que finalmente le envía, por correo urgente, las páginas fotocopiadas de una novela corta centroeuropea de finales del siglo XIX: la historia de un médico y su esposa que, tras una noche de confesiones sexuales cruzadas, se adentran en un laberinto de deseo, disfraces, una misteriosa fiesta privada y una posible muerte encubierta. El narrador reconstruye esa trama con detalle —el baile de máscaras, la contraseña susurrada, la mujer que se sacrifica por un desconocido, el desenlace ambiguo en el depósito de cadáveres— mientras intenta averiguar, junto a su mujer, qué querrá hacer Kubrick con un material tan anacrónico y por qué insiste en trasladarlo a la actualidad. Intercaladas con esta negociación aparecen estampas de encuentros pasados: la generosidad de Stanley Donen durante el rodaje de ‘Dos en la carretera’, una cena en la que coincide por primera vez con Kubrick jugando a un juego de sobremesa, conversaciones sobre ‘Espartaco’ y el rodaje traumático que marcó a su director, un episodio con Joseph Losey que terminó en decepción, y la fría maquinaria de abogados y agentes que rige cualquier acuerdo en la industria del cine. El resultado es un retrato irónico y minucioso del oficio de escribir para la pantalla: la espera, la incertidumbre económica, el peso de la reputación ajena y, finalmente, la fascinación casi obsesiva por descifrar qué clase de película quiere hacer un director que nunca explica del todo sus intenciones.