Un recorrido divulgativo por las mil formas en que el clima moldea la vida cotidiana: la salud física y anímica, lo que comemos según la estación, la arquitectura, los paisajes y hasta el rumbo de algunas batallas.
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Un recorrido divulgativo por las mil formas en que el clima moldea la vida cotidiana: la salud física y anímica, lo que comemos según la estación, la arquitectura, los paisajes y hasta el rumbo de algunas batallas. Escrito con el tono cercano de la televisión de servicio público, el libro explica con datos y ejemplos por qué el tiempo no es solo una previsión, sino el hilo invisible que conecta el planeta con nuestra rutina.
Nacido del espíritu de un programa diario de divulgación, este libro parte de una idea sencilla y la lleva hasta sus últimas consecuencias: casi todo lo que nos rodea está condicionado por el clima. El paisaje que vemos por la ventana, los cultivos que prosperan a nuestro alrededor, la gastronomía que consideramos propia, los materiales con que levantamos las casas e incluso el estado de ánimo con que afrontamos un lunes de noviembre son, en buena medida, respuestas a la temperatura, al viento, a la humedad y a las horas de luz.
El trayecto arranca por dentro. Antes de mirar al horizonte, el autor mira al cuerpo: los mecanismos termorreguladores que activamos sin darnos cuenta —vasoconstricción, vasodilatación, sudoración—, el motivo por el que 22 o 23 grados resultan tan cómodos, y la diferencia entre lo que marca el termómetro y lo que realmente sentimos. De ahí surge la temperatura de sensación, con su aritmética implacable: cero grados y algo de viento bastan para cruzar el umbral del riesgo, mientras que una humedad del ochenta por ciento convierte una tarde de treinta grados en un bochorno de cuarenta y tres. El relato se detiene en la meteorosensibilidad —esa minoría amplia de la población que anticipa los cambios de tiempo en las articulaciones o en el ánimo—, en el efecto Foehn y en cómo un viento seco y recalentado puede triplicar los ingresos por ataques de pánico, prender un incendio o dar nombre propio al malestar en medio mundo: zonda, mistral, chinook, sharav, siroco.
Desde ahí, el libro se abre en abanico. Recorre la mesa y la despensa para preguntarse por qué los tomates ya no saben a tomate, qué cuesta realmente comprar fuera de temporada y cómo un microclima protegido por Sierra Nevada permite cultivar en España mangos, chirimoyas y aguacates. Explora la arquitectura bioclimática en climas fríos, templados y cálidos; las denominaciones de origen que solo existen porque un valle, una ría o una ladera reúnen condiciones irrepetibles —el melocotón de Calanda, la picota del Jerte, el mejillón gallego, el vino del Priorat—; y el turismo que persigue fenómenos extraordinarios, del relámpago del Catatumbo al sol de medianoche, del mar de nubes canario a la ola de Qiantang. Hay capítulos para los deportes del viento, para los colores que el clima imprime en la tierra, para las amenazas que quitan el sueño al agricultor —granizo y heladas— y para la geomorfología que esculpe montañas, karst y dunas.
El cierre gira hacia la historia, con episodios en los que una previsión acertada o un temporal inesperado inclinaron la balanza de acontecimientos decisivos. El conjunto no busca alarmar ni sermonear, sino devolver una mirada: entender el entorno para apreciarlo mejor, especialmente desde una vida urbana que nos ha ido alejando del campo, de las estaciones y del origen de lo que comemos. Divulgación amable, ordenada por temas y sostenida en cifras concretas, para leer de un tirón o picotear capítulo a capítulo.
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