Memorias en primera persona de una tenista española que llegó a lo más alto siendo casi una niña. Nacida en Barcelona en 1971, la menor de cuatro hermanos criados entre pistas de tierra batida, la autora reconstruye el camino que va del…
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Memorias en primera persona de una tenista española que llegó a lo más alto siendo casi una niña. Nacida en Barcelona en 1971, la menor de cuatro hermanos criados entre pistas de tierra batida, la autora reconstruye el camino que va del frontón del club familiar a la victoria en Roland Garros de 1989 frente a la número uno del mundo. Más que un recuento de títulos, el libro busca mostrar a la persona que quedaba oculta detrás del brillo de la carrera: la soledad de los vestuarios y los hoteles, el precio de madurar deprisa y la vida que empieza cuando se cuelga la raqueta.
Este libro nace de una intención declarada desde sus primeras líneas: devolver, en forma de relato, algo de lo mucho que la autora recibió del público a lo largo de su carrera. No es una biografía deportiva al uso —ella misma advierte que las estadísticas y los palmarés están al alcance de cualquiera— sino un ejercicio de memoria personal escrito con voluntad de cercanía, en un lenguaje llano y sin la mediación de la épica que suele acompañar a las grandes figuras del deporte.
El punto de partida es la Barcelona de los años setenta, una ciudad en plena efervescencia política y cultural en la que sus padres acababan de instalarse por motivos de trabajo. La autora nace el 18 de diciembre de 1971, la menor de cuatro hermanos, y crece en Les Corts, cerca del Nou Camp. La afiliación familiar al Club de Tenis Pedralbes —buscando poco más que un espacio al aire libre para cuatro niños inquietos— acaba decidiendo el rumbo de todos: dos de sus hermanos ya competían como profesionales cuando ella, con una raqueta que casi la superaba en tamaño, empezó a golpear pelotas contra el frontón. A los cinco años recibe sus primeras clases; a los diez gana sus primeros torneos; a los trece se proclama campeona de España frente a jugadoras que le doblaban la edad.
Ese triunfo precoz abre el capítulo más duro del libro. Becada en una escuela de tenis alemana instalada en los alrededores de Marbella, la autora pasa año y medio en un régimen de disciplina germánica donde estaba prohibido hablar español, se madrugaba antes del amanecer y ella era la única alumna interna. Las páginas dedicadas a esa etapa —el cocinero como única compañía en castellano, las escapadas en moto sin carné, el peluche de Bugs Bunny como testigo de las lágrimas nocturnas— dan al relato su tono más íntimo y desmienten la idea de una infancia entre algodones. La autora reconoce el valor técnico de aquellos meses y, al mismo tiempo, la amargura que todavía le provocan.
A partir de ahí, el libro alterna la crónica de la escalada en el ranking mundial con una reflexión sostenida sobre lo que el tenis exige por dentro: un deporte solitario, sin compañeros de equipo a los que recurrir, donde la intuición y la gestión de la presión pesan tanto como el estado físico. Hay un repaso al valor simbólico de Roland Garros para el tenis español y a lo que supuso ganarlo en 1989 con diecisiete años ante Steffi Graf; hay también un inventario poco glamuroso de la vida profesional —los más de mil partidos oficiales, los aeropuertos, los vestuarios donde no se puede confraternizar con quien será la rival— y una defensa temprana del tenis femenino, ilustrada con el discurso improvisado que la autora soltó, micrófono en mano, tras ver su final relegada a una pista secundaria.
Dos figuras femeninas articulan la parte más emotiva del relato: una madre de carácter fuerte, que la acompañó por todo el circuito hasta los veinte años y para quien la disciplina pasaba por delante del afecto, y la patrocinadora que apostó por ella cuando no era más que una promesa de trece años, y que terminó convirtiéndose en confidente y segunda madre. El recorrido se cierra en el presente: la retirada tomada contra la opinión familiar, el aprendizaje de una vida sin calendario de torneos, y la maternidad —una hija nacida en 2009, un hijo en 2011— como el eje que hoy ordena sus días y desde el que se atreve a mirar hacia atrás.