Un ingeniero del siglo XX despierta quinientos años después en una Norteamérica ocupada, donde los últimos estadounidenses sobreviven ocultos en los bosques y sueñan con recuperar el cielo.
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Un ingeniero del siglo XX despierta quinientos años después en una Norteamérica ocupada, donde los últimos estadounidenses sobreviven ocultos en los bosques y sueñan con recuperar el cielo.
Anthony Rogers investiga en diciembre de 1927 unos gases radiactivos en una mina de carbón abandonada del Valle de Wyoming, en Pensilvania, cuando un derrumbe sepulta a sus ayudantes y lo deja atrapado en un túnel saturado de emanaciones. Lo que él toma por un desmayo de unas horas resulta ser una animación suspendida de casi cinco siglos: al salir a la boca de la mina encuentra un continente cubierto de bosque, sin rastro visible de habitación humana, y a sí mismo convertido en un hombre cuya vida de ochenta y un años se ha repartido entre dos mundos separados por 492 años.
Su primer contacto con el año 2419 llega en forma de tiroteo. Oculto entre árboles dispersos, ve a una figura vestida de verde que se desliza por el aire en saltos imposibles mientras dispara proyectiles silenciosos contra un enemigo invisible. Rogers interviene, abate a los atacantes y descubre que la persona herida es Wilma, exploradora de la Banda Wyoming, y que el secreto de esos vuelos rasantes está en un cinturón de inertrón capaz de anular casi por completo el peso del cuerpo. De ella aprende la historia que se le escapó mientras dormía: una segunda guerra que desangró a Estados Unidos, la coalición que arrasó Europa, y hacia 2109 la llegada de flotas mongolas armadas con rayos desintegradores que redujeron ciudades y ejércitos a la nada.
El mundo que hereda está partido en dos. Los Han gobiernan desde quince ciudades de cristal levantadas sobre las ruinas de los antiguos centros urbanos, sostenidos por procesos sintéticos que los eximen de la tierra, de las minas y del trabajo ajeno; tres siglos de seguridad y lujo los han vuelto blandos y estériles en su ciencia. Bajo el follaje, en cambio, los estadounidenses se han reorganizado en bandas semiautónomas —Wyoming, Delaware, los Susquehanna— con fábricas y laboratorios subterráneos, ultrófonos que interceptan las comunicaciones enemigas, camuflaje vegetal y una economía tensada entre la libertad individual y una disciplina casi militar, donde la propiedad privada apenas alcanza lo personal y los recursos pertenecen a la comunidad. También hay enemigos internos: los forajidos Mala Sangre, que intentan asesinar a Wilma cerca de una frontera ajena para enfrentar a dos bandas entre sí.
Llevado a los campamentos, Rogers es interrogado durante horas por los jefes de Historia y Psicopatía, sometido a preguntas trampa y a objetos cuyo uso desconoce, hasta que su relato increíble se acepta como auténtico y comparece ante el Gran Jefe Hart. Su testimonio se plantea como memoria escrita para lectores de dentro de otros quinientos años, y avanza hacia el “Día de la Esperanza”: el momento en que las bandas serán bastante fuertes para abandonar la crisálida verde del bosque y disputar el aire. Narrada en primera persona, con el pulso de la aventura científica de los años veinte, la obra combina invenciones tecnológicas detalladas —cinturones saltadores, flotadores cohéticos, pistolas de cohetes, bengalas de descenso— con la crónica de una resistencia que rehace su ciencia en la clandestinidad. Conviene señalar que su representación del enemigo responde a los prejuicios raciales de su época, un rasgo que hoy se lee como documento histórico del imaginario de la ciencia ficción temprana.
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