Un prólogo firmado en Tánger en 1953 presenta como testimonio real lo que sigue: la muerte de un industrial inglés en el incendio de su propia fábrica de aviones, y la sobrina huérfana que descubre que su casa está llena de puertas falsas,…
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Un prólogo firmado en Tánger en 1953 presenta como testimonio real lo que sigue: la muerte de un industrial inglés en el incendio de su propia fábrica de aviones, y la sobrina huérfana que descubre que su casa está llena de puertas falsas, cartas anónimas y hombres que no son quienes dicen ser. Espionaje, diamantes robados y agentes del C. I. A. en el Londres de la Guerra Fría.
La novela se abre con un prólogo en primera persona fechado en Tánger el 1 de agosto de 1953, donde un escritor español afincado en Marruecos cuenta cómo un visitante norteamericano, Edward Cowasse, llegó a su casa a la hora del té acompañado por un chef árabe y le confió una historia que decidió convertir en libro. Ese marco —con su servidumbre, su dictáfono escondido en una caja de puros y su telegrama final llegado de Berlín— no es un adorno: instala desde la primera página la idea de que lo que viene a continuación ocurrió de verdad, y de que el narrador sabe más de lo que puede escribir.
La historia propiamente dicha arranca en Londres. Alan Godotti, industrial inglés de origen italiano, viudo, dueño junto a un socio de una fábrica que construye aviones para el ejército británico, recibe la misma mañana dos cosas: una carta que le informa de que un anciano campesino marroquí «hubo que eliminarlo» por saber demasiado, y un paquete de Nueva York con un diamante de veinticinco quilates que el mundo cree en manos de otro comprador. Godotti no es solo un empresario respetable con discursos anticomunistas y felicitaciones de Churchill; es un hombre que vive una segunda vida hecha de tratos con bandas, caídes y contrabandistas, y que disfruta sintiéndose por encima de los demás. Esa doble existencia se le viene encima cuando un desconocido con mono de operario entra en su despacho pidiendo unos planos llegados desde Casablanca, pistola en mano. La escena termina en una pelea a puñetazos, y poco después la fábrica arde: documentos, planos de reactores y cuadros desaparecen entre las llamas, la caja fuerte resiste, y un cadáver carbonizado e irreconocible es enterrado con honores.
Hereda el vacío su hija Beatriz, veinte años, más inteligente que informada, que se encierra a quemar cartas de amor de sus padres y encuentra, entre papeles viejos, una cuartilla cifrada firmada con una sola inicial. A su alrededor la casa se vuelve un tablero: un tío recién llegado de Marsella al que apenas conoce, un mayordomo demasiado atento que aparece escuchando detrás de las puertas, un novio periodista al que su director acaba de ordenar que investigue profesionalmente la muerte de su suegro frustrado, cartas que llegan sin correo y desaparecen sin manos, paredes que se abren y muestran bares ocultos o siluetas en el umbral. El tío confiesa pronto que no es quien dice: el verdadero murió en una cárcel francesa, y él es un agente estadounidense infiltrado. Y cuando un hijo del caído Lavrenti Beria se presenta en la casa con una misión urgente y un vaso de vodka anterior a la revolución en la mano, un disparo desde el jardín cierra la conversación antes de que empiece.
Lo que se dibuja es un relato de espionaje de su época y de su molde: la Guerra Fría vista desde una sala londinense con araña de bronce, con Corea, Berlín y Moscú como rumor de fondo, nombres reales incrustados en la ficción, y una heroína que aprende a desconfiar de todos como quien pierde la juventud. El interés está menos en el enigma —quién mató a quién, y a cambio de qué planos— que en el clima: puertas que se cierran a lo lejos, identidades que se caen como máscaras, y la sospecha, sembrada por el propio prologuista, de que la verdad y la historia no son la misma cosa.