Un conjunto de relatos autobiográficos en los que Chenta narra, en primera persona, su vida como persona migrante taiwanesa, racializada y disidente sexual y de género en España.
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Un conjunto de relatos autobiográficos en los que Chenta narra, en primera persona, su vida como persona migrante taiwanesa, racializada y disidente sexual y de género en España. Entre recetas familiares, recuerdos de infancia en Vallecas y episodios cotidianos de racismo ordinario, el libro reconstruye una identidad hecha de pertenencias parciales: extranjere allí, extranjere aquí. Sin pretender hablar por ninguna comunidad, reivindica el derecho a contar la propia historia con las propias palabras.
«Me llamo Chenta, como “ochenta” pero sin la o». Con esa presentación se abre un libro de relatos breves que funciona a la vez como memoria personal, cuaderno de cocina y ejercicio de deconstrucción. Nacide en el distrito antiguo de Taipéi y llegade a España con once meses, quien narra reconstruye su vida a partir de escenas mínimas: el arroz que se lava tres veces hasta que el agua sale clara, la sartén que su madre tiró después de la noche en que salió del armario, las mantas del armario convertidas en vestido de princesa a puerta cerrada, el set de Power Rangers en el que le asignaron por defecto la amarilla.
Cada capítulo parte de un objeto o un episodio concreto y desde ahí abre el foco. La receta del arroz tres delicias se convierte en un recorrido por la historia de les trabajadores chines del ferrocarril transcontinental estadounidense y por los platos nacidos de las sobras. La pregunta insistente del taxista —«no, pero ahora en serio, ¿de dónde eres?»— destapa la condición de extranjero perpetuo y la imposibilidad de acceder a una historia familiar filtrada por relatos eurocéntricos. La canción infantil que se cantaba en clase, achinándose los ojos en corro, conduce a una revisión de cómo Occidente construyó el color amarillo como etiqueta racial, de Linneo a Blumenbach, y del «peligro amarillo» al yellowface que todavía puebla el cine y la televisión.
Junto a la denuncia hay hallazgos luminosos: la academia de ballet y kárate del barrio como primer espacio seguro, las coreografías bailadas con los tacones de la madre, la vecina que cosió el primer vestido y el asombro de ver por primera vez en televisión a un cantante asiático hablando español, un referente donde antes solo había caricaturas. También el quiebre de la voz en clase de coro, diagnosticado como puberfonía, que años después se revela como el primer indicio de una disconformidad con el género asignado.
El resultado es un texto híbrido, de prosa directa y por momentos entrecortada en verso, que alterna la confidencia con el apunte histórico y no oculta sus costuras: quien escribe advierte que no es historiador y que no habla en nombre de nadie más. Su apuesta es otra —ocupar el lugar de enunciación que se le negó, contar una historia entre muchas y hacerlo con voz propia—, dedicada a quienes crecieron sin referentes y alguna vez se sintieron fuera de lugar.
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