Sara Ros es wedding planner en la empresa número uno del sector en España y tiene cinco días para sacar adelante la boda del año: una it girl con seis millones de seguidores, un novio tecnológico que solo pide un altar de Lego y una…
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Sara Ros es wedding planner en la empresa número uno del sector en España y tiene cinco días para sacar adelante la boda del año: una it girl con seis millones de seguidores, un novio tecnológico que solo pide un altar de Lego y una exclusiva vendida a una revista de moda. Todo va bien hasta que los celos por su jefe la empujan a un sabotaje mínimo y muy mal calculado con una ostra en mal estado. La venganza doméstica se le escapa de las manos, el banquete acaba en un desastre colectivo y, a la mañana siguiente, Sara descubre que ha pasado de organizadora prometedora a enemiga pública del país.
La novela arranca en el pico de tensión de un oficio que se juzga por lo que no se ve: una hacienda de lujo a las afueras de Barcelona, cuatro espacios milimetrados, proveedores en fila y una novia rodeada de maquilladores mientras el novio y sus amigos llegan directos de la despedida de soltero. Al frente está Sara Ros, chica de un pueblo del interior que aprendió pronto que su sitio estaba en otra parte, y que ha convertido su gusto por el detalle en una carrera de una veintena de bodas sin un solo tropiezo. Su jefe le ha entregado esta boda cinco días antes, con una zanahoria colgando: si sale bien, será candidata a abrir la nueva sucursal de Nueva York.
Alrededor de ella se organiza una comedia de contrastes bien repartidos. Greta, su compañera de piso y mejor amiga, productora de anuncios, cinéfila irreductible y sin un solo filtro, va soltando discursos sobre la fortaleza femenina entre bandeja y bandeja de pistachos. Enrique, el ayudante de currículum impecable y modales de príncipe criado en un bar de barrio, resuelve catástrofes con una inventiva que raya la insolencia. Merche, la planner veterana a la que han pasado por encima, siembra obstáculos con una sonrisa. Y Miquel, el dueño de la empresa, es a la vez la ambición profesional de Sara y su punto ciego: una noche compartida, un discurso posterior de “esto no cambia nada” y unas mariposas que se niegan a marcharse.
El detonante es pequeño y muy humano. Sara ve a Miquel conversando en susurros con una invitada deslumbrante y decide, por primera vez en su vida, hacer daño de forma indirecta: recupera una caja de ostras retiradas por el chef, soborna a un camarero y planea servir una sola pieza a su rival. La ostra llega a su destino, pero el destino cambia de manos. Y peor: alguien devuelve la caja en cuarentena al circuito de las bandejas. Lo que sigue es un intento desesperado de frenar el cóctel desde el micrófono del DJ con excusas improvisadas, y después la escena que Sara sabe que volverá a soñar durante años, con el vestido de la novia arruinado y los invitados desplomándose sobre las mesas.
La segunda mitad del arranque cambia de registro sin perder el humor: de la comedia de enredo al retrato de una caída pública. Sara despierta convertida en titular, en tertulia y en chiste de programa basura, con la novia estudiando una querella y su vecino mirón —campeón de Lego y autor del famoso altar— reclamándole la cita que le prometió. La cita en el despacho de Miquel no es la conversación de tú a tú que esperaba, sino una sala llena de abogados con una propuesta clara: la empresa se salva si se desvincula de ella y la demanda millonaria va solo contra Sara.
El material de la obra es reconocible —el mundo de las bodas de revista, la fama de Instagram, la jerarquía de oficina— pero lo que la sostiene es la voz: una narradora en primera persona que se ríe de sí misma antes de que lo haga nadie, que confiesa sus mezquindades con la misma naturalidad con la que describe una alfombra persa, y que sabe distinguir entre la venganza que se cuenta y el motivo real que la mueve. Es una comedia sobre el momento exacto en que una vida ordenada al milímetro se desmonta por un impulso de treinta segundos, y sobre lo que queda cuando el ascenso, el jefe y la reputación desaparecen a la vez.