Un heredero de rancho apuesta que puede convertir a cualquier principiante en jugador de póquer de torneo; la camarera que acepta el reto tiene sus propias razones, y ninguna de ellas es el dinero.
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Un heredero de rancho apuesta que puede convertir a cualquier principiante en jugador de póquer de torneo; la camarera que acepta el reto tiene sus propias razones, y ninguna de ellas es el dinero.
Brady Carrick ha vuelto a Texas con una lesión de rodilla, un matrimonio deshecho y una temporada en Las Vegas que su padre no le perdona del todo. En el rancho familiar Cross Fox lo emplean como cara pública —apretones de manos, fotos, reuniones con funcionarios—, pero lo que él quiere es el puesto de entrenador jefe que quedará libre cuando Trevor Dobbs se jubile. La ocasión aparece en forma de purasangre: Amber Mac, un potro de pedigrí impecable que su padre acaba de comprar en una subasta privada por cuarenta y tres mil dólares. Marshall Carrick no piensa entregarle un animal así a un preparador novato, por mucho que sea su hijo.
La discusión se traslada a una cafetería de carretera en Prairie Bend y deriva, casi por accidente, hacia el otro talento de Brady. Sostiene que en el póquer pesa más la habilidad que la suerte, y que con estudio de probabilidades, lectura del oponente y algo de capital inicial cualquier persona medianamente inteligente puede ser entrenada para ganar. Su padre y Dobbs lo toman por la palabra: si Brady consigue sentar en la ronda final del campeonato nacional de Texas Hold’Em —cinco semanas más tarde, en Las Vegas— a la persona que ellos elijan, se quedará con el entrenamiento de Amber Mac. La elegida es Molly, la camarera que acaba de traerles la cuenta.
Brady intenta desactivar la apuesta en cuanto la ve materializarse. Molly, en cambio, la acepta antes de que la camioneta salga del aparcamiento, y pone sus condiciones sin pestañear: cinco semanas, alojamiento pagado y el dinero del premio si gana. Lo que no dice es que el nombre de Brady Carrick lleva año y medio resonando en su cabeza, ligado a algo que ocurrió y que dejó a su hijo sin padre. Bajo la respuesta rápida y el aplomo late un cálculo doble: aprender lo suficiente para ganarse una vida nueva lejos de Prairie Bend y de la casa donde vive, y cobrarle al heredero del Cross Fox una deuda que él ignora tener.
Así arranca una historia de aprendizaje a contrarreloj entre dos personas que se sientan a la misma mesa con cartas distintas: él necesita que ella gane para recuperar la confianza de su padre; ella necesita que él no descubra por qué aceptó. El póquer —faroles, apuestas, la disciplina de leer al otro antes de que hable— funciona aquí como algo más que un pasatiempo: es el terreno donde se decide quién está dispuesto a mostrar su juego y cuándo.
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