Una mañana de septiembre, en un rancho de adobe a orillas del Río Grande, aparece el cuerpo de John Meadows con un balazo en el pecho y un puñado de tierra encima, como si alguien hubiera querido enterrarlo a medias.
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Una mañana de septiembre, en un rancho de adobe a orillas del Río Grande, aparece el cuerpo de John Meadows con un balazo en el pecho y un puñado de tierra encima, como si alguien hubiera querido enterrarlo a medias. El sheriff Lonsbury invita a dos investigadores privados de paso por Nuevo México —Avery Gregg y su socio Tony Ellis— a acompañarlo, convencido de que se trata de un caso sencillo de marido celoso. Gregg, en cambio, repara en un detalle menor que no encaja.
La escena inicial es engañosamente apacible: un desayuno, un cocinero que anuncia una llamada, un sheriff que se despide con el sombrero en la mano. A pocas millas de allí, en la propiedad de Meadows, un empleado ha encontrado a su patrón boca abajo en el patio trasero, sin camisa, con la camiseta empapada en sangre y un poco de adobe desprendido sobre el cuerpo. La tormenta de la noche anterior derribó parte del tejado y ofrece, durante unos minutos, una explicación cómoda que el agujero de bala desmiente enseguida.
A partir de ese hallazgo, la novela despliega con método los elementos clásicos del género: un revólver Colt abandonado cerca del cadáver con las iniciales H. K., una colilla fresca junto a un árbol, huellas de hombre bajo la ventana del dormitorio, una lámpara todavía encendida y barro seco en unos zapatos que, en teoría, no salieron de la casa. La geografía hace el resto. La estancia vecina pertenece a Henry Karnes, un hombre de carácter difícil que discutió con su esposa después de la cena, se marchó en su Buick alrededor de las nueve y no ha vuelto. Brenda Karnes, más joven que su marido y visiblemente rota por la noticia, no niega lo que había entre ella y Meadows.
El relato lo sostiene la voz de Tony Ellis, exsubteniente herido en Europa y ahora socio de una pequeña agencia de investigaciones en Los Ángeles. Su mirada sirve para presentar a Avery Gregg, un exjefe de Inteligencia del ejército cuya principal virtud profesional es resultar irrecordable: ropa oscura, corbata sobria, camisa siempre blanca, un pasado que esquiva las preguntas personales con una habilidad que solo se advierte cuando ya es tarde. Frente al sheriff Lonsbury —competente, honesto, sinceramente aliviado de que los asesinatos sean raros en su condado—, Gregg funciona como el observador que no discute la teoría en voz alta, pero tampoco la firma.
La investigación avanza por interrogatorios: Jackson, el empleado que oyó un solo disparo a las dos y cinco y prefirió no levantarse; una cocinera medio sorda; Henderson, el administrador de eficiencia glacial que trabajaba en su oficina hasta la madrugada; una amiga de visita cuyo testimonio encaja demasiado bien con todos los demás. Mientras las órdenes de captura salen hacia los caminos vigilados y los estados vecinos, la promesa del libro es que ese triángulo evidente no lo es tanto: la cuenta de muertes crecerá, cada una por un método distinto, y la solución exigirá aceptar que una de las víctimas no puede ser inocente.
Escrita con frases cortas, diálogo abundante y una atención constante al paisaje —el pico de la Sangre de Cristo recortado contra un cielo muy azul, las casas de adobe, el aire tibio y perfumado de septiembre en el que la muerte parece fuera de lugar—, la obra pertenece a la tradición del misterio de posguerra: enigma cerrado, pistas físicas verificables y un detective que confía menos en la intuición que en el detalle que sobra.