Daeva es la asesina más temida del continente: eficaz, sin remordimientos y decidida a no encariñarse con nadie. Brennan Hinsen es un hombre que dejó de sentir hace meses y que se refugia en el alcohol para no pensar.
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Daeva es la asesina más temida del continente: eficaz, sin remordimientos y decidida a no encariñarse con nadie. Brennan Hinsen es un hombre que dejó de sentir hace meses y que se refugia en el alcohol para no pensar. Cuando un encargo la obliga a secuestrarlo —no a matarlo, todavía— para arrancarle un secreto capaz de desatar una guerra entre reinos, ninguno de los dos imagina que el otro será lo único que consiga devolverle algo parecido a estar vivo.
En un continente donde la tecnología es un privilegio de unos pocos reinos y la corona de una reina puede valer más que la paz, Daeva se ha ganado un nombre haciendo lo que otros no se atreven. La llaman cruel, espectral, monstruosa; ella prefiere la palabra exacta: asesina. Trabaja para Sahil, el hombre que la recogió siendo una niña huérfana y le enseñó a matar en silencio, y ha construido su vida sobre una regla sencilla: cuantas menos personas importen, menos armas tendrán contra ella. Por eso se alejó, a los trece años, de los únicos amigos que tuvo. Por eso alterna duchas ardientes con chorros de agua helada, para no olvidar lo que es.
A días de camino, en una ciudad que el invierno está a punto de sepultar, Brennan Hinsen pinta zapatos en una fábrica y se bebe el sueldo cada viernes. Vive contando de quince en quince —quince masticadas, quince segundos de recuerdo permitido al día, quince parpadeos para borrarlo— porque es la única forma que ha encontrado de administrar un pasado que le dejó marcas en la espalda y una imagen de la que no consigue desprenderse. No es que no sienta: es que ha decidido no hacerlo.
El encargo llega en forma de cena en una mansión y un sobre sobre la mesa. Alguien planea asesinar a la reina Morana, y ese asesinato encendería una guerra que un rey ambicioso lleva tiempo esperando. Brennan sabe algo —por su padre, por los contactos de su padre, por lo que sea que le deba a la reina—, y Daeva debe sacárselo. Con una condición que la desconcierta: no puede matarlo aún. Sahil dirá cuándo.
Cuando la asesina entra por su ventana un jueves cualquiera, Brennan no huye. Se arrodilla, aliviado, dispuesto a que ella termine lo que él nunca se atrevió a hacer. Pero Daeva no ha venido a concederle esa salida: le clava una daga en el muslo y le ofrece algo mucho más peligroso, una persecución por los tejados nevados. Y en esa carrera absurda, con la sangre corriéndole por la pierna y el corazón desbocado, Brennan reconoce una sensación que creía perdida. Adrenalina. Ganas.
Lo que empieza como un secuestro se convierte en un juego entre dos personas igual de rotas, cada una convencida de que no necesita a nadie. Ella tiene un plazo: un mes antes de que otros asesinos huelan el rastro. Él tiene un secreto que, si lo suelta, lo deja sin utilidad y sin vida. Entre reinos que se vigilan, una corona codiciada y una orden que puede llegar en cualquier momento, ambos descubrirán que lo más difícil no es sobrevivir al otro, sino permitirse sentir algo antes de que se acabe el tiempo.
Una novela de fantasía romántica sobre asesinos a sueldo, intrigas de palacio y la idea de que todos los corazones rotos pueden curarse —aunque el precio sea dejar de ser un monstruo.
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