En las afueras de Great Falls, Montana, un ranchero encuentra bajo la lluvia a un forastero con una bala alojada en el pecho. Cuando el herido recupera el conocimiento, descubre que el tío que lo había llamado urgentemente a ese pueblo…
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En las afueras de Great Falls, Montana, un ranchero encuentra bajo la lluvia a un forastero con una bala alojada en el pecho. Cuando el herido recupera el conocimiento, descubre que el tío que lo había llamado urgentemente a ese pueblo lleva casi dos semanas muerto, despeñado —según todos— en las Montañas Rocosas. ¡Asesinato!, de P. H. Ubeda, es un western breve y de trazo firme sobre un hombre que se niega a aceptar la versión oficial de una muerte.
Un sábado cualquiera, de vuelta de la compra semanal, Samuel Benton nota que sus mulas se plantan en mitad del camino. El cielo se ha vuelto gris en un cuarto de hora y, bajo las primeras gotas, el viejo ranchero descubre lo que asustaba a los animales: un bulto oscuro junto a un árbol. Es un hombre joven, inconsciente, con una mancha de sangre reseca en la guerrera y sin caballo a la vista. Benton lo carga en la carreta y se lo lleva a casa, donde su hija Ruth prepara una cama limpia y el doctor Larry Mortimer extrae el plomo alojado entre las costillas.
En el bolsillo de la camisa aparece un papel arrugado: una carta de mala letra firmada por Red Wallace Parrish, que reclama a su sobrino Tom que acuda cuanto antes a Great Falls porque «ocurren cosas muy raras». La carta no lleva fecha. El viejo Red murió hace días, al pie de las Rocosas, y el sheriff dio el caso por cerrado como accidente. Padre e hija deciden callar la noticia hasta que el forastero se reponga.
La convalecencia transcurre entre paseos junto al Misuri y una cercanía que ni Samuel intenta estorbar. Pero cuando Ruth, temiendo perderlo, deja escapar la verdad, Tom Parrish deja de ser un huésped agradecido. Un montañero curtido no se despeña; una carta escrita en la desesperación no se envía por capricho. Rasurado y con ropa limpia, casi irreconocible respecto al hombre que llegó moribundo, monta hacia el pueblo con una sola idea: averiguar si a su tío lo empujaron.
El camino lo lleva primero a la casa de huéspedes de Pilar Lenza, mexicana de lengua rápida y afecto sincero por el difunto, que le cuenta lo que nadie más quiere recordar: antes de morir, a Red se le quemó el rancho, le robaron el ganado y se quedó sin un centavo. Después, guiado por Adolfo Alonso, hasta el pastizal donde Ives, el hombre que halló el cadáver, repite sin convicción la versión de todos. Y esos pastos pertenecen a los cuatro hermanos Herbert, dueños del mejor ganado de la comarca y de un sheriff que prefiere mirar hacia otro lado.
Entre las empalizadas de ese rancho, un relincho reconocido acabará de convertir la sospecha en certeza. Publicada en 1972 dentro de la Colección Salt Lake, la novela avanza con la economía del western clásico —diálogo seco, paisaje justo, tensión creciente— y sostiene su interés en una pregunta sencilla y terca: qué precio está dispuesto a pagar un hombre por dejar de dudar.