En el verano del año 680, el juez Di viaja con sus fieles ayudantes Chao Tai y Tao Gan hasta Cantón, el gran puerto donde el Imperio Tang linda con las comunidades árabes llegadas por mar.
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En el verano del año 680, el juez Di viaja con sus fieles ayudantes Chao Tai y Tao Gan hasta Cantón, el gran puerto donde el Imperio Tang linda con las comunidades árabes llegadas por mar. Lo que empieza como una misión discreta se enreda de inmediato con la muerte violenta de dos hombres en un pasadizo suspendido sobre una calle del barrio musulmán, y con la desaparición de un alto funcionario imperial. Entre tabernas portuarias, mercaderes acaudalados, una bailarina árabe y los intereses cruzados de la corte, el juez deberá desentrañar una trama de espionaje político, codicia y venganza antes de que la ciudad estalle.
Cantón, verano del año 680 de la era cristiana. El juez Di, presidente de la Corte Metropolitana, ha abandonado la capital de forma repentina e inesperada, acompañado por el coronel Chao Tai y el secretario Tao Gan, para instalarse en el puerto más rico y cosmopolita del sur del imperio Tang. Es una ciudad donde conviven, con recelo mutuo, la administración china —el gobernador Hueng Kien, el prefecto Pao Kuan, el censor imperial Liu Tao-Ming— y una nutrida comunidad árabe de comerciantes, marinos y esclavos, encabezada por el jefe local Man Sur y el financiero Liang Fu.
La novela arranca con una escena costumbrista en los muelles: la llegada de Chao Tai y Tao Gan, la tensión latente entre culíes, guardias y marineros árabes, y una velada en una taberna portuaria donde ambos traban conversación con un enigmático capitán de barco, Nee, experto en esgrima árabe y dueño de dos esclavas gemelas. Esa misma noche, mientras regresa a su hostería junto a la mezquita, Chao Tai es abordado por un desconocido que busca urgentemente al juez Di. La cita termina en tragedia: un asesinato por estrangulamiento en un pasadizo elevado entre dos casas, y el propio Chao Tai a punto de convertirse en la segunda víctima, salvado in extremis por un tercero cuya identidad desconoce.
A partir de ahí, el caso se ramifica: un comerciante poderoso, una danzarina árabe llamada Zumurrud cuyos venenos remiten a tradiciones muy lejanas del sur de China, una muchacha ciega que sabe más de lo que aparenta, y la sombra de intrigas cortesanas ligadas al ascenso de la emperatriz Wu se entrelazan con los negocios, rivalidades y silencios de la colonia árabe. El juez Di deberá moverse entre dos mundos que apenas se comprenden —el imperio chino y el islam de los califas— para reconstruir una conspiración que amenaza con desbordar los límites de la ciudad portuaria, valiéndose tanto de su perspicacia como de la lealtad y los métodos, más expeditivos, de sus dos ayudantes.
Con el pulso narrativo característico de la serie, la obra combina el procedimiento detectivesco clásico —cadáveres que ocultan más de lo que muestran, testigos poco fiables, pistas materiales como una bufanda con moneda cosida— con un retrato vívido de un cruce de civilizaciones poco explorado en la ficción histórica: el instante en que dos grandes potencias del siglo VII, la china y la árabe, se rozan sin llegar a conocerse del todo.
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