Verano del año 680: Cantón, el puerto más próspero del sur de China, es también el punto donde el imperio Tang roza el mundo árabe sin llegar a comprenderlo.
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Verano del año 680: Cantón, el puerto más próspero del sur de China, es también el punto donde el imperio Tang roza el mundo árabe sin llegar a comprenderlo. Hasta allí viaja el juez Dee con una misión reservada, y sus dos ayudantes de confianza descubren muy pronto que alguien vigila cada uno de sus pasos. Una muerte inesperada en un callejón del barrio musulmán convierte una discreta comisión oficial en una investigación donde se cruzan intereses comerciales, lealtades dudosas y una conspiración que apunta muy alto.
Robert van Gulik sitúa esta entrega del juez Dee lejos de los tribunales de provincias que suelen enmarcar sus casos: la acción transcurre en el verano del año 680 en Cantón, una ciudad que vive del mar y del trato con extranjeros. En sus muelles se descargan buques llegados del Golfo Pérsico, los culíes cantan mientras acarrean balas de mercancía y los guardias de la aduana observan con desgana hasta que un roce entre marineros árabes y trabajadores chinos amenaza con encenderlo todo. Esa tensión de fondo —dos culturas que comercian sin conocerse— es el verdadero decorado del relato.
La novela se abre sin el juez en escena. Son sus lugartenientes quienes llegan primero: un hombre corpulento y sociable que oculta bajo la ropa remendada la cota de malla y el distintivo dorado de coronel de la Guardia Imperial, y un compañero enjuto, meticuloso y algo tacaño, que ya conoció la ciudad veinte años atrás. Ninguno de los dos sabe qué ha traído a su superior desde la capital con tanta urgencia, viajando a caballo y luego en un veloz junco de guerra. Solo intuyen que en Cantón se está cociendo algo grave.
En una taberna del muelle, entre jarras de vino caliente y conversaciones en voz baja, el lector conoce a las piezas que moverán el tablero: un enano de rostro chato y mirada hundida, un marinero árabe tuerto, un desconocido de barba gris que cuenta los vasos que beben los recién llegados, y un piloto naval nacido en la ciudad que habla árabe y persa y colecciona espadas extranjeras. Poco después, en las callejas sin ventanas del barrio musulmán —donde los pasadizos elevados cruzan de tejado a tejado—, un encuentro casual con un hombre andrajoso que pregunta por el juez Dee termina en un crimen doble y en la certeza incómoda de que la muerte estaba destinada también al testigo. Alguien mató al asesino antes de que consumara su trabajo; el motivo de esa ayuda anónima queda tan abierto como la identidad del muerto, que no lleva encima papel alguno.
A partir de ahí, la investigación avanza por un terreno donde nada es lo que aparenta: comerciantes establecidos, informantes de doble cara, un arma de estrangulador lastrada con una moneda de plata y una comunidad extranjera de miles de personas a la que la población local mira con recelo. Van Gulik aprovecha ese escenario para observar el prejuicio en ambas direcciones, con la mirada seca y sin sermones que caracteriza la serie.
En su introducción, el autor deja constancia de la trama histórica que sostiene la ficción: la emperatriz Wu maniobraba entonces para hacerse con las riendas del gobierno, un pulso que años después la enfrentaría directamente al propio juez Dee. Ese trasfondo político presta a la novela un peso adicional, el de una intriga cuyas consecuencias exceden con mucho los muelles de una ciudad portuaria.
El resultado es una novela de detección clásica —enigma cerrado, deducción paciente, procedimiento judicial chino— injertada en una historia de espionaje y de choque cultural. Van Gulik cuida además la verosimilitud del periodo: recuerda al lector que en tiempos del juez Dee los chinos no llevaban coleta ni fumaban, y documenta en fuentes antiguas tanto la estratagema que resuelve un pasaje decisivo como el veneno que aparece en la trama. Cantón, con su Torre de la Clepsidra, su minarete recto como una caña de azúcar y su río sembrado de antorchas, deja de ser un simple telón de fondo para convertirse en personaje.
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