Charles T. Murr reconstruye desde dentro el llamado «Año de los Tres Papas» y la misión, encargada por Pablo VI al arzobispo Édouard Gagnon, de investigar hasta qué punto la masonería había penetrado en los despachos de la Curia Romana.
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Charles T. Murr reconstruye desde dentro el llamado «Año de los Tres Papas» y la misión, encargada por Pablo VI al arzobispo Édouard Gagnon, de investigar hasta qué punto la masonería había penetrado en los despachos de la Curia Romana. Más que una tesis conspirativa, el libro es el testimonio personal de un sacerdote joven que vio de cerca el precio que pagó su mentor por buscar la verdad, y que reclama la publicación del expediente que aquella investigación produjo.
Roma, finales de los años setenta. Un sacerdote norteamericano recién ordenado vive el primer año de su ministerio en la Ciudad Eterna, entre campanadas del Ángelus, guardias suizos con casco emplumado y cenas a la orilla del Lago di Bracciano donde se hablan, a media voz, asuntos que no caben en un teléfono. Ese joven es el autor, y lo que empieza como el asombro casi turístico de quien contempla por primera vez la basílica de San Pedro se convierte, sin que él lo busque, en un asiento privilegiado ante uno de los episodios más opacos de la historia reciente de la Iglesia.
El eje del relato no es un crimen, pese al título, sino un encargo. Pablo VI había recibido informes de que prelados de altísimo rango estaban afiliados a la masonería, en una época en que el Código de Derecho Canónico de 1917 castigaba esa pertenencia con la excomunión reservada a la Sede Apostólica. Para verificarlo eligió a Édouard Gagnon, obispo franco-canadiense de rigor jurídico y discreción absoluta, que aceptó una tarea tan ingrata como imposible de ganar. Gagnon reunió un expediente voluminoso, lo presentó a tres pontífices sucesivos y jamás comentó su contenido con nadie. Los papeles descansan hoy en los archivos de la Santa Sede. El libro es, en buena medida, una petición pública para que se abran.
Alrededor de esa investigación se despliega el retrato de una Curia hecha de personas: la rivalidad entre el secretario de Estado Jean-Marie Villot y el brillante Giovanni Benelli, las alianzas y los recelos, los mensajes cifrados que un amigo transmite a otro, las guerras territoriales y los celos que el autor no idealiza ni disimula. La muerte repentina de Juan Pablo I atraviesa el relato como una sombra, junto al escándalo del Banco Vaticano y la logia P2, pero Murr se cuida de convertirla en coartada narrativa: recuerda que ni siquiera Gagnon, el hombre que mejor conocía el alcance de la infiltración, creyó jamás en un asesinato.
Un prólogo escrito por un sacerdote amigo del autor ofrece el marco doctrinal necesario para leer todo lo anterior: la historia de la masonería moderna, las más de veinte condenas pontificias desde Clemente XII, el cambio de redacción entre el canon 2335 y el canon 1374 de 1983, y la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe que mantuvo la prohibición. De ahí se desprende la pregunta que da al libro su verdadera tensión: si quienes dirigieron el nombramiento de obispos o la reforma litúrgica posconciliar respondían a principios ajenos a la fe que decían servir, ¿cuánto de la crisis actual se explica por ahí?
Murr escribe sin fingir neutralidad. Se declara parte interesada, defiende a sus amigos, admite su afecto y su indignación. Precisamente por eso el libro funciona menos como investigación periodística que como memoria moral: la crónica de un hombre que amó a la Iglesia lo suficiente como para querer verla sin maquillaje, y de otro, más joven, que decidió contarlo décadas después con la cita de Juvenal por bandera: ¿quién vigilará a los propios guardias?
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