En una isla del lago de Garda, un castillo alquilado para una boda de escaparate se convierte en una trampa: cuando la novia se retrasa y un grito atraviesa la terraza, los invitados descubren que las barcas no volverán hasta medianoche.
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En una isla del lago de Garda, un castillo alquilado para una boda de escaparate se convierte en una trampa: cuando la novia se retrasa y un grito atraviesa la terraza, los invitados descubren que las barcas no volverán hasta medianoche. Contada desde varias miradas —el padrino que lo debe todo al novio, la agente harta de sostener una carrera ajena, el padre de la novia acorralado por deudas y la recién llegada que observa a esta familia desde fuera—, la novela avanza hacia atrás y hacia delante sobre los dos días previos a la ceremonia para mostrar cómo un mismo acontecimiento puede tener tantos culpables como testigos.
Todo empieza con una lista de invitados y un plano de sitio: los Bianchi por parte de la novia, los Heywood por parte del novio y un puñado de nombres que no encajan del todo en ninguna de las dos columnas. Esa arquitectura social —quién está dentro, quién está solo de servicio— es también la arquitectura del libro. La ceremonia debe celebrarse en el castillo Fiore, una isla diminuta en mitad del lago de Garda a la que se llega en quince minutos de barco y de la que no se sale hasta pasada la medianoche.
El prólogo sitúa al lector en la terraza, bajo un sol de mediados de julio que castiga a los invitados mientras el cuarteto de cuerda insiste y la novia acumula minutos de retraso. Desde el altar, el padrino cuenta esos minutos con una inquietud que no sabe nombrar; desde la última fila, la agente de la novia repasa un error del que aún espera librarse; y en una habitación del castillo, el padre de la novia abre los postigos y comprueba que el trato que ha cerrado esa mañana —lo peor que ha hecho nunca, se dice— no le ha devuelto la calma. Los tres oyen lo mismo al mismo tiempo: un grito inconfundible, y después el silencio de la música interrumpida.
La narración retrocede entonces dos días, al viaje en coche desde Verona por carreteras de olivos y pueblos sin nombre, y adopta la mirada de Robyn, la novia del hermano menor del novio. Es la única que llega sin historia previa con esta gente: trabaja en un restaurante del Soho, arrastra un mensaje sin responder que podría cambiarle la carrera y entra en una villa de cristal tintado donde cada conversación tiene doble fondo. A su lado, Toby carga con una herencia que no quiere y un proyecto que su familia se ha negado siquiera a leer; enfrente, Laurence exhibe una boda que será reportaje de revista, y Margot, la madre, zanja cualquier discusión sin necesidad de levantar la voz.
A partir de ahí la novela va colocando piezas con paciencia: un internado que reparte pertenencias y becas de escaparate, una gestora de fondos donde el apellido es la fachada y otro hombre lleva las riendas, favores que se cobran con años de retraso, una influencer cuya imagen sostiene a más gente de la que ella imagina y dos desconocidos que se han mezclado entre los invitados. Cada capítulo añade un motivo, y cada motivo añade un sospechoso.
El resultado es un misterio de escenario cerrado clásico en su mecánica y contemporáneo en sus obsesiones: el dinero heredado y el que se pide prestado, el trabajo invisible que sostiene las carreras visibles, la distancia entre lo que se publica y lo que se vive. El calor, el agua alrededor y la certeza de que nadie puede marcharse hacen el resto. Para cuando el lector regrese a la terraza y al grito del principio, ya sabrá demasiado sobre casi todos los presentes como para confiar en ninguno.