En Kumasi, el pastor Kofi Awuah predica contra "El Grupo", una organización terrorista formada por jóvenes universitarios sin empleo que reclaman trabajo y cambio inmediato.
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En Kumasi, el pastor Kofi Awuah predica contra "El Grupo", una organización terrorista formada por jóvenes universitarios sin empleo que reclaman trabajo y cambio inmediato. Sus sermones lo convierten en un blanco: un secuestro a plena luz del día lo arranca de su escolta policial y abre un largo pulso entre los captores, la familia del pastor y un gobierno que se niega a negociar. Isaac Nunoofio combina novela criminal y retrato social en un relato breve sobre fe, violencia y desempleo juvenil en Ghana.
La novela abre en un tono íntimo, casi doméstico: el pastor Kofi Awuah espera a su esposa en un restaurante de Kumasi para agradecerle, con un collar de oro y esmeraldas, años de vida compartida. Sue Williams, médica homeópata nacida en Ohio, lo conoció en un instituto bíblico y lo siguió hasta Ghana. Esa escena de afecto conyugal es el contrapeso deliberado de todo lo que vendrá después.
Awuah dirige la Iglesia de la Divina Redención y no rehúye la polémica. Amigo de políticos del partido gobernante y de la oposición por igual, ha convertido “El Grupo” —una organización terrorista que opera en la región Ashanti— en el objetivo fijo de sus prédicas dominicales. La casa familiar de Nhyiaeso, con sus muros decorados con patrones adinkra, se llena de guardaespaldas asignados por la policía, mientras su hija Ama, su hermana Akosua y su amiga Eleonora de Paolis, profesora italiana de ciencias políticas, discuten en el porche la amenaza que pesa sobre él y las razones que empujan a jóvenes educados a tomar las armas.
El relato alterna esas conversaciones con las reuniones clandestinas de la organización en una granja abandonada de Pankrono. Allí, un dirigente con maestría en gestión estratégica, su segundo, sociólogo, y un puñado de cuadros universitarios debaten bajo el lema “queremos puestos de trabajo, y cambiamos ahora” qué hacer con su crítico más ruidoso: advertirlo, secuestrar a su familia o eliminarlo. La deliberación termina en un plan, y el plan en una emboscada en la rotonda de Amakom, donde la escolta del pastor es aniquilada y él desaparece dentro de un vehículo.
A partir de ahí la novela se abre en tres frentes. El primero es el cautiverio, meses de comunicados, ultimátums y discusiones ideológicas cara a cara entre el rehén y sus captores: ellos lo acusan de complicidad con una clase política indiferente a los graduados sin futuro; él responde con un alegato sobre emprendimiento, agricultura, industrialización y la inutilidad de la violencia. El segundo es el desgaste de la familia y de la iglesia, que negocia rebajas del rescate y suplica en conferencias de prensa mientras el gobierno mantiene la decisión de no ceder para no sentar precedente. El tercero es la investigación del inspector jefe Asiedu y la inspectora Addae, que reconstruyen la estructura celular de la organización, siguen indicios materiales —arena amarilla en la ropa de la víctima— y persiguen una pista que los lleva hasta una mujer idéntica a una de las cabecillas.
El desenlace del secuestro llega antes de la mitad del libro y desplaza el peso narrativo hacia el duelo público, las protestas en las calles de Kumasi y la presión presidencial sobre la policía para capturar vivos o muertos a los responsables. Con capítulos breves y un ritmo de crónica, Nunoofio escribe menos un enigma que un panorama: el de una ciudad donde el desempleo juvenil, la retórica religiosa y el cálculo político se cruzan hasta volverse indistinguibles de la violencia que producen.
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