En plena noche del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, un violinista búlgaro aparece degollado en la capilla del Palacio de Carlos V.
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En plena noche del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, un violinista búlgaro aparece degollado en la capilla del Palacio de Carlos V. Los inspectores Narváez y Molina afrontan un crimen ejecutado con una precisión desconcertante, sin señales de lucha y sin un móvil aparente, mientras la repercusión internacional del caso convierte la investigación en una carrera contrarreloj dentro del recinto más visitado de la Alhambra.
Termina el concierto y el patio del Palacio de Carlos V se vacía despacio: los músicos guardan sus instrumentos, las azafatas cuentan cabezas junto a los autocares y el público desciende hacia la ciudad envuelto en el rumor del agua. En ese intervalo de calma, un joven violinista de la orquesta cede a la curiosidad, sortea la cinta que prohíbe el paso y se adentra en las dependencias cerradas del palacio. Alguien pronuncia su nombre desde la capilla. Minutos después, su cuerpo yace sobre un charco de sangre a los pies de un retablo intacto, sin un banco desplazado ni una vela caída.
El aviso llega a las tres de la madrugada al inspector Mario Narváez, jefe del Grupo de Homicidios, un hombre que duerme vestido en el sofá desde que vive solo y que enciende el cigarrillo a la vez que el motor del coche. Junto a él trabaja el inspector Arturo Molina, aficionado a las digresiones históricas sobre el emperador y su palacio, contrapunto erudito de un jefe áspero y descreído. Alrededor se despliega la maquinaria habitual del levantamiento de cadáver: un juez de guardia recién llegado a la judicatura, una forense meticulosa cuyas primeras observaciones ya siembran una duda incómoda —los cortes no son limpios—, y un equipo de Policía Científica que fotografía y filma cada centímetro de un escenario que se resiste a hablar.
Lo que empieza como un homicidio con víctima extranjera y escenario monumental se convierte pronto en un laberinto. La ausencia de defensa apunta a una agresión por sorpresa; la ausencia de móvil, a un asesino que parece haberse disuelto en la penumbra. La nacionalidad búlgara de la víctima abre líneas de investigación fuera de España, la prensa se apodera del caso desde el primer día y la presión institucional crece al ritmo de la fama del monumento. Para Narváez y Molina, atrapados entre pistas que no conducen a ninguna parte, capturar al culpable deja de ser un encargo profesional para volverse una obsesión personal.
Juan Torres Colomera construye una novela negra de procedimiento policial que respira Granada por todos sus poros: la colina de la Sabika, el Albaicín encendido al otro lado del Darro, la plaza de los Campos con olor a comisaría, los cafés de las ocho de la mañana. La reconstrucción del trabajo policial —turnos, jerarquías, roces entre agentes, autopsias, informes— convive con una mirada atenta al interior de unos personajes marcados por separaciones, traslados y rutinas gastadas. Y sobre todo late el propio escenario: un palacio imperial donde la historia, la leyenda y el crimen se confunden, y donde una escultura de Carlos V parece observar a quien se atreve a mirarla de frente.
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