Un año después de enterrar a su esposa, un rentista madrileño convierte los tanatorios en su destino secreto: se viste de negro, inventa un nombre y una profesión, y se cuela en velatorios ajenos para volver a mirar de cerca el rostro de…
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Un año después de enterrar a su esposa, un rentista madrileño convierte los tanatorios en su destino secreto: se viste de negro, inventa un nombre y una profesión, y se cuela en velatorios ajenos para volver a mirar de cerca el rostro de la muerte. Lo que empezó como un rodeo del duelo se vuelve rutina, disfraz y obsesión, mientras en su casa de la calle de Alberto Aguilera el mármol invade las paredes y ciertas puertas dejan de abrirse para el servicio.
La novela arranca con una caminata: la Puerta de Toledo, el puente sobre un Manzanares casi seco, la Glorieta Marqués de Vadillo, la cuesta que sube hacia el Parque de San Isidro. Al final de ese trayecto no hay una cita ni un difunto propio, sino un tanatorio y un olor que el protagonista lleva instalado en la memoria y que, al cruzar la puerta, le confirma aquello que su corazón guarda sin dudas. Se llama Raimundo, tiene cuarenta y cinco años y hace un año que perdió a Julia; desde entonces repite los mismos pasos en busca de algo que no sabe nombrar.
El relato lo sigue mientras consulta el monitor de fallecidos como quien lee un panel de salidas de aeropuerto, elige una sala al azar —siempre la de una mujer— y se mezcla con familiares y amigos que no lo conocen. Un matrimonio lo interroga, él improvisa una biografía (médico, radiólogo, compañero de la clínica) y sale de allí exhausto por el esfuerzo de fingir. La escena deja al descubierto su verdadero propósito: contemplar un cadáver, buscar en él una belleza que solo encontró una vez, y lamentar el cristal que impide tocar y recobrar el frío del mármol.
De ese frío viene todo lo demás. En largas retrospecciones se reconstruye la noche en que Julia dejó de respirar y él permaneció horas abrazado a ella sin avisar a nadie, atento a la transformación de sus manos, callando el llanto para que no vinieran a llevársela; el velatorio, el último abrazo antes de cerrar la caja, las fotografías que aún mira a diario. De ahí nacen su colección de piedras y gemas, el mármol y el jaspe con que ha revestido baños y columnas de su piso heredado, y la certeza íntima de que el tiempo se detuvo aquella madrugada.
La casa de la calle de Alberto Aguilera es el segundo escenario del libro y su cámara de resonancia. Allí observan María, el ama de llaves, y Emilio, secretario, chófer y confidente, que registran los cambios sin comprenderlos: las salidas vespertinas de las que nadie sabe el destino, los armarios con cerraduras nuevas y contraseñas, el vestidor convertido en recinto cerrado del que ha desaparecido hasta el último guante de la señora. Sus conversaciones en la cocina —hechas de sospechas prudentes y lealtades antiguas— van dibujando el perímetro de un secreto.
Un tercer movimiento retrocede aún más. María, que entró a servir dos años antes de que Raimundo naciera y lo crió mientras sus padres salían al cine y a merendar, aporta la memoria larga: el niño temeroso del atardecer y de la oscuridad, el hombre que susurraba desde el balcón, las dos emes leídas en las palmas como anuncio de muerte segura, las cartas desde Bolonia leídas en voz alta en el salón. En su relato, el miedo a la muerte no es una consecuencia del duelo sino una compañía de toda la vida, y la llegada de Julia —huérfana temprana que encontró en aquella casa el hogar perdido— fue el paréntesis luminoso que ahora se ha cerrado.
Escrita en prosa morosa y sensorial, con un narrador que a veces se permite el plural y se dirige al lector, la obra avanza menos por acontecimientos que por capas de memoria. El olor, el frío, el mármol y la mirada última de una moribunda funcionan como motivos recurrentes de una indagación sobre el duelo, la fascinación por el cuerpo muerto y el fingimiento como forma de supervivencia. Al fondo, insinuada desde las primeras páginas y sostenida por los silencios del servicio, queda la pregunta que el libro no despeja de entrada: qué ocurrió exactamente el día en que Julia murió.
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