En Marienburgo, la gran ciudad portuaria del Viejo Mundo, un joven elfo de casa noble muere desangrado en las catacumbas después de descubrir que algo innombrable se agita bajo los canales.
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En Marienburgo, la gran ciudad portuaria del Viejo Mundo, un joven elfo de casa noble muere desangrado en las catacumbas después de descubrir que algo innombrable se agita bajo los canales. Esa misma noche, al otro lado de la urbe, un sargento de la guardia conocido por no aceptar sobornos recibe el aviso de un traslado que no ha pedido. Dos hilos —una advertencia que nunca llegó a darse y un policía honrado enviado al distrito donde la ley no existe— abren una novela de fantasía oscura que mezcla intriga criminal, horror subterráneo y humor de taberna.
La acción arranca en las entrañas de Marienburgo, el laberinto de cloacas, catacumbas y galerías anegadas que sostiene la ciudad más rica y corrupta del Viejo Mundo. Allí, Arullen Silvermoon —un elfo del distrito élfico que se ha adentrado en los túneles siguiendo la leyenda de un cargamento de joyas perdido en un naufragio— se encuentra solo, desarmado y perseguido por una horda de criaturas voraces. Sus compañeros han muerto. Su único botín es un broche de plata con una piedra sin pulir que susurra en su cabeza. Y la única mano que se le tiende en la oscuridad pertenece a una figura deforme que promete salvación con una sonrisa imposible.
Lo que sigue no es un rescate, sino un ritual: sangre ofrecida a la luna, una columna de piedra que bebe, y un antiguo monarca enloquecido que reclama haber reinado no bajo tierra, sino arriba, en el mundo. Arullen sobrevive lo justo para comprender la dimensión real de la amenaza —algo capaz de arrasar Marienburgo sin distinguir entre elfos, hombres, medianos o enanos, y de abrir la puerta a un horror mayor sobre todo el Viejo Mundo— y para intentar llevar el aviso a la superficie. Alcanza la luz de la luna, pero cae junto al Puente de los Tres Céntimos: el rincón exacto de la ciudad donde un grito en la noche no hace que nadie abra los postigos.
En paralelo, la novela nos presenta a Kurt Schnell, sargento de la Guardia de Vigilancia Metropolitana en un tramo tranquilo de Goudberg. Kurt es un veterano de campos de batalla y de reyertas de taberna que ha convertido la honradez en método: inspecciona cocinas de dudosa reputación, paga siempre su cerveza y ha depurado a sus hombres de la costumbre marienburguesa del soborno. Su noche transcurre entre salchichas de origen incierto, el coqueteo insistente de una camarera casada y una pelea multitudinaria desatada por el deporte de lanzar medianos por los aires. Cuando el polvo se asienta, una encapuchada de voz suave sale de las sombras: se llama Belladonna Speer, ha venido a evaluarlo y le comunica que al amanecer debe presentarse ante el comandante para recibir un nuevo destino.
El contraste entre ambas líneas define el tono del libro. Por un lado, una fantasía oscura de horror corporal y magia degenerada, narrada con crudeza y sentido de la claustrofobia. Por otro, una novela de procedimiento policial casi costumbrista, con humor negro, olor a cerveza derramada y una ciudad retratada como un organismo: canales, gremios, rumores que corren más rápido que la burocracia, distritos donde el crimen es una industria y otros donde la ley simplemente no llega.
El escenario es el Viejo Mundo en su versión más sombría —guerra en las fronteras, orcos en las montañas, skavens bajo el suelo, la amenaza permanente del Caos en el norte—, pero la mirada es deliberadamente pequeña y humana: un guardia que solo quiere cenar tranquilo, una mensajera con fascinación por los cadáveres, un elfo que muere pidiendo ayuda a una calle vacía. La promesa narrativa queda planteada desde estas primeras páginas: el aviso que Arullen no pudo dar tendrá que ser reconstruido desde arriba, por quienes investiguen su muerte, en una ciudad que preferiría no enterarse.
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